Fecha: 15 de febrero de 2026
Continuamos nuestra reflexión sobre la misión. Lo sabemos bien: la misión no puede vivir únicamente de fórmulas del pasado. Nos es necesario, siempre, afrontar la realidad que tenemos delante, la que existe con todos sus matices. Este, digamos, propósito realista nos conduce a una experiencia muy humana: me refiero al fracaso. El sufrimiento pastoral existe, y tiene mucho que ver con la poca actividad que a veces somos capaces de generar, o bien con la escasez de frutos que recogemos, o bien con los errores de nuestros planteamientos. Las equivocaciones son una realidad. Los antiguos decían: «Errare humanum est». ¿Qué hacemos con los errores?
La sensatez, es decir, el hecho de aceptar el reto personal de madurar, nos pide que seamos hombres y mujeres sinceros, valientes y coherentes para admitir las propias faltas. Es en esta línea en la que nos adentramos en el dicho de hoy: «Errar es humano».
Hoy debemos superar nuestros esquemas mentales que sueñan con una misión efectista. El arte de proponer el evangelio, de acompañar a las personas y de esperar con esperanza requiere paciencia, capacidad para realizar un análisis profundo de la realidad y fe para desarrollar con habilidad una lectura creyente del momento presente. Pero, aun así, somos humanos y nos equivocamos. Ya sabéis de qué os hablo.
No nos gusta fracasar. Consideramos que los desajustes del mundo ya son suficientes como para tener que añadir los propios desaciertos. La misión nos sitúa, en muchas ocasiones, ante acontecimientos desbordantes que nos hacen darnos cuenta de nuestros límites. Qué sabio es reconocer nuestros topes. No lo sabemos todo, no lo tenemos todo, no lo podemos todo. Se trata de una visión que quiere acercarse a la sinceridad y a la humildad. A pesar de esta defensa propia, seguimos cometiendo errores.
Ahora bien, cuando los reconocemos, el escenario cambia. La misión exige hoy, como siempre, mucha humildad. El evangelio no se impone, se propone. Y si nos equivocamos, como a veces sucede, volvemos a empezar. La misión queda siempre renovada por esta capacidad de identificar las dificultades y, así, poder trazar itinerarios más adecuados para cada caso.
No queremos bendecir cualquier acción misionera porque sí. Como testigos de Jesucristo, somos invitados a vivir honradamente, siempre y en todo momento. No digamos más de la cuenta. Seamos justos con nuestras palabras. No como medida de precaución, falsa prudencia o miedo, sino por humildad, por honradez y por capacidad constructiva. Los cristianos nos equivocamos. Los humanos cometemos errores, y debemos reconocer que provienen de nuestras desmesuras. La escritora Mary Shelley, en su obra Frankenstein o el moderno Prometeo, nos ofrece el testimonio de la desmesura humana y hace evidente el error de querer construir la vida humana por el camino de la soberbia.
He aquí, pues, que darnos cuenta de nuestras limitaciones nos sitúa en el buen camino de la honradez y, por tanto, en la posibilidad de ofrecer una misión enmarcada en el contexto de la sinceridad. Ciertamente, a lo largo de nuestra vida cometeremos y viviremos situaciones que generan equívocos, porque tenemos límites. Darnos cuenta de ello es ofrecer el buen testimonio de quien quiere crecer con humildad, con honradez, con coherencia. Y todavía más: la amistad que nos ofrece Jesús es tan intensa y tan plena, que no se avergüenza ni nos avergüenza cuando hemos sido de los que han reconocido su error.


