Fecha: 11 de enero de 2026
Estimados amigos y amigas:
Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de Navidad y abrimos, de par en par, el llamado tiempo ordinario. Un tiempo que nada tiene de común cuando se vive desde la fe; es una cosecha de amor y confianza, un estado colmado de plenitud para recordar quiénes somos, qué estamos dispuestos a entregar y desde dónde brota el viento que alienta nuestros pasos.
En el Río Jordán, el Señor se adentra en las aguas para sumergirse en las profundidades de nuestra humanidad. Y ahí, en este gesto humilde y, a la vez, luminoso, se abren los cielos y resuena la voz que todo lo perfecciona: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc, 1, 11). Una promesa que atraviesa los surcos del tiempo y el paso de la historia hasta alcanzarnos a nosotros, pues en nuestro Bautismo Dios pronuncia estas mismas palabras que, aunque en un sentido diverso, van cargadas de amor: eres mi hijo, eres mi hija, y te amo.
Esta es nuestra identidad más profunda, el signo vivo de quienes somos; porque antes que cualquier tarea, cargo o responsabilidad, somos hijos de Dios y miembros de una Iglesia que tiene nombre de Sínodo y camina de la mano del Señor. La sinodalidad brota del Bautismo, porque nos transforma en un solo Cuerpo y en una sola carne en Cristo, en un pueblo que marcha unido, al mismo paso, en comunión. Él se pone delante abriendo la calzada, al lado sosteniendo el paso y detrás cuidándonos si comenzamos a desfallecer.
El Evangelio solo tiene sentido si se anuncia desde la comunión. Y esta es la llamada que el Señor nos hace hoy a través de esta celebración bautismal que nos hace discípulos y misioneros, invitándonos a dejar de sentirnos huérfanos para sabernos hermanos. Seamos discípulos que escuchan, que aprenden y que se dejan transformar, para convertirnos en misioneros que no pueden guardar para sí la alegría recibida: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Evangelii gaudium, 1). Y cuando falta ese gozo, algo del Bautismo quizá ha quedado dormido.
Este tiempo ordinario nos invita a despertar esa gracia salvífica de permanecer en la alegría, viviendo lo cotidiano con hondura, con una esperanza que se esparza en los ojos de quienes nos miran y con una ternura que no se aprende en los libros, sino en el trato compasivo con Dios y los hermanos. Un bautizado no pasa por la historia de puntillas: la transforma, saliendo al encuentro del que sufre, del que duda, del que se ha cansado de esperar. Y lo hace para acompañar, para estar, para amar.
Que este tiempo nos devuelva la memoria agradecida de nuestro Bautismo y que, tomados de la mano del Señor, avancemos juntos sin jamás cansarnos, con la certeza de que no caminamos hacia la nada, sino hacia la Vida.


