Fecha: 7 de diciembre de 2025
En un mundo saturado de imágenes, donde la belleza a menudo se reduce a apariencia y consumo, resuena la reflexión del filósofo Byung-Chul Han: «la máxima belleza, la que permite que la vida sea algo más que mera supervivencia, es una belleza religiosa».
El teólogo Miguel Iribertegui, en su libro La belleza de María, nos ofrece una clave: María no es belleza superficial, sino transparencia de Dios. Su belleza no se mide en proporciones ni en estética, sino en la radical apertura al Amor. Es belleza que engendra vida, que hace posible la Encarnación, que convierte la historia en espacio de gracia. Es la belleza de la atención al otro.
En tiempos de consumismo, prisa y estrés, donde la mirada se vuelve superficial y la atención se fragmenta, la fiesta de la Inmaculada nos invita a recuperar la belleza que nace del silencio y la presencia. María nos enseña que mirar es más que ver: es dejarse tocar, es abrirse al otro sin prisa ni utilidad. Su Inmaculada Concepción no es un privilegio lejano, sino una invitación a vivir desde la luz y la gracia, libres de la lógica del dominio y la utilidad. No es solo un estatus dogmático, sino la expresión de un corazón libre de distorsiones que permite que la gracia divina irradie con plena claridad.
En ella descubrimos que la belleza religiosa no es evasión, sino atención y fuerza transformadora: hace que la vida sea más que rutina, más que lucha por subsistir.
María nos muestra que la verdadera belleza es dejarse habitar por Dios, acoger su Palabra y hacerla carne en gestos sencillos. La “llena de gracia” nos enseña, como decía Simone Weil, que “el amor es la mirada del alma”. Nos ayuda a mirar, que no es poco. Ella se dejó encontrar por la belleza sobrenatural que no pasa y abre caminos de vida.
¿Con qué tipo de belleza buscas dar sentido y plenitud a tu existencia?


