Fecha: 15 de marzo de 2026

Cuando nos ponemos delante de un cuadro importante por primera vez, a menudo no captamos toda su riqueza. Vemos colores, formas, quizás una escena general. Pero muchas cosas se escapan. Sólo cuando alguien nos ayuda a mirar —señalando un detalle, explicando un gesto, dando un contexto— el cuadro se nos empieza a mostrar de otra forma. No ha cambiado la pintura; ha cambiado nuestra mirada.

Cuaresma tiene un punto de esto: necesitamos que alguien nos eduque la mirada ante la realidad. Pero, ¿cómo podremos ver los detalles de la obra de arte de Dios si vivimos en las tinieblas? La liturgia, especialmente la cuaresmal, nos ayuda a poner luz y educar nuestra mirada.

En estos días, la Iglesia recorre un camino acompañando a los catecúmenos hacia la Pascua donde recibirán una nueva vida en el Bautismo. Es el tiempo que el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos llama de la purificación y la iluminación. Pero este proceso no es ajeno al resto de la comunidad. Al contrario. Lo que viven los catecúmenos hace visible lo que toda vida cristiana está llamada a vivir: un camino de clarificación interior, de crecimiento y de maduración de la fe para poder renovar nuestro bautismo en la celebración de las fiestas Pascuales.

La Cuaresma pone este proceso en el centro de la vida eclesial. Los evangelios de estos domingos no son elegidos al azar. Hablan de personas que tienen sed, que no ven o que simplemente están muertas. Son imágenes del proceso catecumenal, el proceso de encontrarse con el Señor y pasar de la muerte a la vida gracias al Bautismo. Son relatos –como la samaritana o el ciego de nacimiento– que no describen conversiones instantáneas, sino caminos que se dan paso a paso. La Iglesia los proclama ante todos porque sabe que, de una u otra manera, todos podemos reconocernos en ellos.

Quienes ya hemos recibido el Bautismo sabemos que no se ha terminado nuestro camino de purificación, ni el camino de crecimiento y maduración interior. Es más, quizás con los años, hemos visto que nuestra fe se ha vuelto rutinaria, de palabras repetidas sin demasiada conciencia. Quizás vivimos una fe poco profunda, y el Señor no es tan significativo en nuestra vida como nos gustaría. Por eso, el camino de los catecúmenos también es el nuestro. Cuando la Iglesia nos habla de purificar e iluminar, no se refiere sólo a corregir errores y dejar la vida de pecado, sino a dejar que la luz de Cristo llegue a los rincones en los que todavía no lo ha hecho.

La presencia de los catecúmenos en nuestras comunidades es, en ese sentido, un regalo. Nos recuerda que es necesario volver a nuestra iniciación cristiana, volver a las raíces de nuestra fe; que hay que oír nuevamente en nuestro corazón la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, mi amado, en quien me he complacido» (Mt 3,17). Es una invitación a fortalecer nuestra relación con el Padre y poder contemplar todas las maravillas que hace por nosotros.

La Cuaresma nos ofrece este tiempo con gran delicadeza. No nos impone grandes exigencias, sino que nos invita a hacer silencio, a revisar la mirada, a volver a lo esencial: poner a Dios en el centro de nuestra vida y revisar la relación con Él y con los hermanos. Quizás no necesitamos hacer grandes propósitos y basta con dejar que Dios nos ayude a ver más claro.