Fecha: 11 de enero de 2026

Hemos terminado ya el Año Santo, el Jubileo de la Esperanza. Fue el papa Francisco quien convocó este año jubilar con la bula La esperanza no defrauda (Rm 5,5). Con este título señalaba el motivo y el mensaje central de este jubileo. El pontífice era muy consciente que en nuestra sociedad actual el sentido de la esperanza se estaba debilitando, y que era necesario, por tanto, reforzarla y especialmente anclarla en el amor de Dios, que es su base y su fundamento.

A lo largo de este año que ya ha terminado, el jubileo de la esperanza ha marcado la acción de la Iglesia en sus diversos ámbitos. En la diócesis lo hemos vivido con la participación en diferentes peregrinaciones a Roma. Recordamos especialmente el jubileo de los jóvenes, en el que tuve el gozo de participar acompañando a los cerca de 700 jóvenes de la diócesis que se hicieron presentes en Roma, especialmente en Tor Vergata, en la Vigilia de Oración y la Misa presididas por el Santo Padre los días 2 y 3 de agosto. También hemos estado presentes en varios jubileos en la Ciudad Eterna, por ejemplo, en el jubileo de los catequistas, el de los migrantes, el que reunió a los maestros y profesores de religión, el de las escuelas católicas, el jubileo de los movimientos, y también el de los diáconos, los seminaristas y los presbíteros.

En nuestra diócesis hemos tenido tres templos jubilares que han acogido a numerosos grupos y personas concretas. Han sido la Catedral en Terrassa, el Santuario de la Virgen de la Salud en Sabadell y la parroquia de Sant Esteve en Granollers. Una de las peregrinaciones más especiales fue la celebración en el Santuario de la Salud de la misa de acción de gracias con motivo de la clausura de los actos del vigésimo aniversario de la creación de la diócesis, el pasado 15 de junio, un verdadero encuentro diocesano de fraternidad eclesial, en el que nos reunimos cristianos de las parroquias, delegaciones, comunidades y movimientos tanto del Vallès Oriental como del Vallès Occidental.

Corremos el riesgo sin embargo de pensar que todo esto ya ha terminado. Y similarmente a lo que sucede cuando se pasa de un curso a otro, podríamos pensar que ahora es necesario buscar un nuevo mensaje porque éste ya se ha trabajado y acabado. Y no es así. Como he ido recordando estos días, y especialmente en la Misa de clausura en la Catedral, ha terminado el año de la esperanza, pero la esperanza continua. Porque la esperanza no es un mensaje más, o un objetivo, entre otros, para ser trabajado y evaluado. La esperanza es una virtud teológica, junto a la fe y la caridad, y su presencia es permanente entre nosotros.

El hecho de que le hayamos dedicado un año de reflexión y celebración ha sido para fortalecerla aún más, porque sigue siendo uno de los motores de nuestra vida cristiana. La esperanza nos ayuda a trabajar día a día por un futuro mejor según el designio divino, la esperanza nos hace dar gracias a Dios porque, con su presencia, sostiene nuestras pequeñas esperanzas de cada día. La esperanza nos hace mirar al mundo para no caer en la tentación del cansancio o de la rutina, o para sentirnos superados por las dificultades, como nos recordaba el papa Francisco. La esperanza nos capacita para ayudar a transformar las realidades de dolor, de oscuridad, de pecado, que existen en nuestro mundo en signos del amor de Dios.

El año de la esperanza ha terminado, es verdad, pero la esperanza continúa entre nosotros. Os invito, en este nuevo año que acabamos de empezar, a pedir la virtud de la esperanza, a mantenerla y ejercitarla en nuestra vida de cada día.