Fecha: 15 de marzo de 2026

El Evangelio de hoy nos pone delante la curación del ciego de nacimiento. Jesús se detiene, toca su herida y la transforma: unos ojos que nunca habían visto se abren, y con ellos se abre un mundo. No es solo un milagro de oftalmología; es una conversión de la mirada. El evangelista advierte que la peor ceguera no está en la retina, sino en el corazón que se cierra a la verdad y a la vida.

En este horizonte, el 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación, celebraremos la Jornada por la Vida, que nos invita a mirar, custodiar y promover el don de cada vida y su dignidad, desde la concepción hasta la muerte natural.

Además de los criterios éticos y morales propios de la propuesta católica de cultura de la vida, para acercarnos con respeto a un tema delicado (a menudo condicionado por intereses económicos o de ingeniería social), aporta luz escuchar las experiencias de mujeres, familias y profesionales sanitarios, y seguir las aportaciones de la ciencia.

Por eso decimos que defender la dignidad del no nacido no se opone a defender la dignidad, la salud y los derechos de la mujer. La biomedicina (embriología, inmunología del embarazo, epigenética y neonatología) confirma que el embrión humano es un organismo humano en fase temprana, distinto de la madre, con unidad e integración propias desde la fecundación. Categorías jurídicas como “persona” o umbrales clínicos como la “viabilidad” pueden variar; la realidad biológica del sujeto en desarrollo, no.

Mi palabra no pretende juzgar ni imponer visiones. Al contrario: queremos acoger con empatía las realidades de las mujeres que hayan vivido la experiencia del aborto, natural o voluntario, y, aunque no es lo mismo, también el duelo perinatal de mujeres y familias. En la diócesis, nos ponemos a vuestra disposición.

Como cristianos, defendemos el derecho a nacer y a vivir dignamente multiplicando apoyos concretos para que madre e hijo sean protegidos. ¿Cómo? Con proximidad, recursos y verdad. Donde hay miedo, pongamos proximidad; donde hay precariedad, recursos; donde hay confusión o debate, argumentarios y búsqueda de la verdad; y, siempre, ternura. El ideal evangélico es alto, pero no es inhumano: humaniza.