Fecha: 21 de diciembre de 2025
Se acostumbra a decir que durante el Adviento vamos haciendo un camino hacia Belén, vamos a encontrarnos con el Señor en la Navidad. Esto es verdad, ciertamente, pero no del todo, en realidad no somos nosotros los que vamos, es Él que viene a nosotros y nosotros debemos acogerlo como él quiere ser acogido.
De hecho, lo más importante en este tiempo de Adviento es limpiar el camino de nuestra vida, limpiar nuestro corazón, poner orden para que pueda venir y entrar el Señor. Cuando decimos que Dios viene al mundo queremos decir que viene a cada uno de nosotros, porque nosotros somos el mundo que él ama y su venida es para estar con nosotros, para comunicarnos el amor que nos tiene, que es lo único que puede salvarnos de nosotros mismos, de nuestra propia miseria, de nuestro pecado. El profeta Isaías lo expresaba así siglos antes: «Escuchad una voz que grita: Abrid en el desierto un camino al Señor, aplanad en la estepa una ruta para nuestro Dios. Se levantarán las hondonadas, se bajarán las montañas y los cerros, el terreno escabroso será una llanura y la cordillera una amplia llanura” (Is. 40, 3-5). Éste es el trabajo principal que debemos llevar a cabo para recibir al Señor que viene a nosotros, ya que, como afirma Isaías, “entonces aparecerá la gloria del Señor”.
Si nos anunciaran una visita muy importante a nuestra casa, la visita de alguien que, además, nosotros queremos, seguro que arreglaríamos la casa, haríamos limpieza, lo dispondríamos todo para que la visita que esperamos se encontrara a gusto con nosotros, en nuestra casa. Esto es lo que quiere decir el profeta Isaías, esto es lo que también afirma Juan el Bautista “que predicaba así en el desierto de Judea: «Convertíos, que el Reino de los Cielos está cerca». Es de él que decía el profeta Isaías: «Una voz clama en el desierto: «Abrid una ruta al Señor » (Mt 3, 1-2).
Y cuando, en las celebraciones de estas fiestas nos acerquemos a venerar la imagen del niño Jesús, cuando estos días contemplemos el pesebre en nuestras casas o en la parroquia, estamos invitados a descubrir el misterio de amor que se nos manifiesta en el nacimiento del Hijo de Dios, ya que: “Dios ama tanto al mundo que le ha dado su Hijo único, para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16). Es el misterio de un amor infinito y que quiere comunicar a todos los hombres y mujeres de la tierra para ser verdaderamente felices.
Y lo comunica no sólo con palabras sino con hechos, viniendo “en persona”, para que no quede ninguna duda: Y esto nos implica y nos compromete a tener en cuenta nosotros también a nuestros hermanos, sobre todo a los que más lo necesitan. Si Dios me ama tanto a mí, ¿cómo puedo dejar yo de amar a mi hermano? Si Dios ha venido y viene a compartir su vida conmigo, ¿cómo no compartirla yo con los demás? Es precisamente en este contexto que debemos situar y entender la colecta por Cáritas que hoy se lleva a cabo en todas las parroquias para los hermanos más necesitados. Si Dios lo ha compartido todo con nosotros, ¿cómo podemos nosotros dejar de compartir un poco con los hermanos? Si Dios ha sido generoso con nosotros, ¡seámoslo también nosotros con los hermanos!


