Fecha: 15 de febrer de 2026

Me refiero a la novela del mismo título, obra de Katherine Kressmann, publicada en 1939 bajo seudónimo por el hecho de ser mujer. Narra la historia de Martin —de origen alemán— y Max —de confesión judía—, amigos y socios en el mundo del arte, establecidos en California. En el año 1932, Martin decide regresar a Alemania con su familia. A partir de ese momento se inicia un intercambio de cartas en el que pronto se perfila la sombra de la situación política alemana. De forma casi imperceptible, en un in crescendo sostenido y fatídico, el intercambio epistolar va mostrando el cambio progresivo de la mente y del corazón. Poco a poco, aquella dirección querida y estimada por el amigo se va convirtiendo en desconocida. Aparecen frases estremecedoras, como cuando Martin le explica los cambios en la nueva Alemania:«Mi espalda y mis hombros se suman al nuevo gran movimiento […]. Dices que perseguimos a los hombres de pensamiento liberal, que destruimos bibliotecas. Deberías despertar y abandonar tu sentimentalismo rancio […]. Alemania alza bien alto la cabeza entre las naciones del mundo. Sigue a su Glorioso Líder hacia el triunfo. ¿Qué puedes saber tú de esto, tú que solo te sientas y sueñas? Nunca has conocido a un Hitler. Es una espada desnuda. Es una luz blanca, pero tan ardiente como el sol de un día nuevo» (pp. 40-41). Hacia el final, le pide que Max no le escriba más. Además, Martin, con una dureza absoluta, le explica que no ayudó a la hermana de Max, Griselle, por el simple hecho de ser judía. Y lo justifica diciendo que era una necia, que nunca debería haber regresado a Alemania (pp. 51-52). Y concluye la misma carta diciendo: «Estamos dando forma a una nueva Alemania. Pronto mostraremos grandes cosas al mundo, guiados por nuestro Glorioso Líder» (p. 53).

El libro contiene una valiosa «Nota final», en la que se expone la motivación original para escribir la historia: «Poco antes de la guerra, unos amigos míos alemanes, cultos, intelectuales, de buen corazón, regresaron a Alemania después de vivir en Estados Unidos. En muy poco tiempo se convirtieron en nazis fanáticos […]. ¿Cómo puede suceder algo así? […]. Empecé a investigar a Hitler y […] lo que descubrí fue terrorífico. Y lo que más me preocupaba era que en Norteamérica nadie era consciente de lo que estaba ocurriendo en Alemania… Los políticos decían que los asuntos de Europa no eran cosa nuestra y que Alemania iba bien…» (pp. 73-74).

Y ahora me pregunto: ¿somos conscientes de que, en los momentos actuales, podemos estar tropezando con escollos semejantes? No aceptamos ni amamos al que es diferente y buscamos las culpas de lo que sucede en el otro, sin escrutar el propio corazón. No hemos comprendido la sentencia de Jesús: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda hacerlo impuro; lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro» (Mc 7,15). En cambio, determinadas afirmaciones simples y planas, que culpabilizan al otro de todos los males, resultan más atractivas y engañosas. Bastará con que un líder vaya por delante y aglutine esos conceptos. Y lo que comienza con unas urnas mal orientadas termina con el sonido maldito de los tanques, o hoy con la acción de drones y misiles. Sus fabricantes ya se frotan las manos.

Vuestro,