Fecha: 18 de enero de 2026
A todos nos ha pasado. Hay escenarios vitales que nos quitan el sueño. «¿Cómo haré esto? ¿Cómo saldrá esta propuesta? ¿Cómo explicaré aquello que me trae de cabeza?». En estos tiempos llenos de incertidumbres, se suma una más: la pastoral. Equivocarse es humano. No gusta, es incómodo. Evitar el error e instalarse en un quietismo pastoral revestido de una falsa prudencia puede ser mortífero. Quisiera, pues, en esta jornada de la Infancia Misionera y al inicio del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, profundizar en aquella expresión tan conocida: «pasar la noche en vela».
El dicho nos recuerda que, a veces, no hemos podido dormir. Hay preocupaciones que nos acompañan toda la vida, y algunas llegan a inquietarnos mucho. De hecho, sin embargo, las preocupaciones provienen de un acto de responsabilidad. En esto quisiera profundizar. El término responsabilidad no está de moda; todo el mundo reclama sus derechos y olvida un poco sus deberes, sus responsabilidades. Quienes son conscientes de lo que viven pueden tener, con facilidad, un celo intenso y óptimo, que les invita a ser consecuentes. Reclamo que, en nuestra misión, tengamos este ataque de coherencia entre lo que decimos, lo que hacemos y lo que proponemos.
Este deseo de vivir la comunión entre hermanos cristianos provenientes de diferentes confesiones provoca inquietudes. El dolor que causa la falta de unidad es real y no gusta. Vivir la unidad en la diversidad es un reto muy actual. Del mismo modo, entender toda nuestra vida como misión, desde la infancia, también es un gran desafío que nos invita a madurar, cada uno a su ritmo, sin olvidar que todos somos capaces de recibir y comunicar el Amor de Dios.
¿Por qué, pues, angustiarse cuando las propuestas misioneras no llegan a buen puerto? O, aún más, ¿por qué tardar tanto en disfrutar del don de la comunión? La vida que persigue el don de la comunión pasa por momentos de cruz, de silencio, de purificación; pasa por aquellas noches oscuras del alma de las que hablaba san Juan de la Cruz.
Que nadie se menosprecie porque acumule más fracasos pastorales que éxitos (concepto a revisar); que nadie se agobie si las dificultades crecen; que nadie piense que no sirve para ser misionero o signo de unidad. Aquellas noches del loro son las buenas noches en las que podemos repensar planteamientos, intuiciones y acciones.
Bienvenidas sean las dificultades. Nos aportan un tono de realismo que, sin duda, no esperábamos, pero que necesitábamos. No lo dudo. Dios no nos ofrece retos insuperables. Resolver nuestra pastoral en dos días no es algo ni habitual, ni recomendable, ni saludable. Todo requiere su tiempo y, por tanto, algunas noches oscuras.
Y aún más. Es necesario insistir siempre, para cualquier planteamiento misionero, en la importancia de buscar la complementariedad entre diversos factores, desde los circunstanciales hasta los personales. Las complejidades, en ciertos momentos, no nos facilitan el descanso, pero nos acercan con más cuidado a la realidad. Los que son como loros repiten las cosas sin ánimo: eso es decadente. Los que, por un exceso de responsabilidad, pasan noches y más noches en vela —es decir, sin dormir, bloqueados y encerrados en sus trece, sin pedir ayuda— viven obsesionados. Pidamos, pues, el don de la comunión; aceptemos la aportación misionera de todos los cristianos, desde la misma infancia. Así vislumbraremos, sin duda, un futuro renovado.


