Fecha: 5 de abril de 2026

Estimados amigos y amigas:

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5). La pregunta del ángel atraviesa hoy el corazón de la historia y llega hasta nosotros como un relámpago de plenitud. El sepulcro está vacío y no han robado el cuerpo; la muerte ha sido vencida y el Crucificado ya no pertenece al reino de las sombras: está Vivo, ha resucitado. Y en esta nueva aurora, el mundo —aun herido— llora de alegría.

La Pascua es el comienzo de la nueva Creación, es el acto supremo del Dios Trinitario. El Padre resucita al Hijo en la fuerza del Espíritu, y el Espíritu nos introduce en esa comunión que no muere jamás. Por eso, proclamamos que el amor ha vencido al odio, la luz a las tinieblas, la verdad a la mentira, el perdón a la venganza. El mal no tiene la última palabra y su dominio ha sido quebrado para quien acoge la gracia de este día.

Por eso, hoy no celebramos solamente que Cristo vive, sino que en Él nuestra carne ha sido llamada a la vida incorruptible, porque la Resurrección del Señor —como escribía san Agustín— «es nuestra esperanza». Quiero recordar a quienes atraviesan la noche del dolor, a los que tiemblan sobre arenas movedizas, a los que sienten el peso de la soledad, a los enfermos, a los humildes, a los ancianos olvidados, a los que viven bajo la sombra de la guerra, a los pueblos heridos por la violencia, a los perseguidos por su fe, a quienes habitan tras los muros de una cárcel, a los incomprendidos, a los frágiles y a los cansados. Vuestras lágrimas no se han perdido, porque Dios las ha recogido una a una con sus manos. El Cordero ha atravesado la muerte para buscaros allí donde parecía no haber salida. Y ahora os espera, al otro lado del miedo, con su abrazo eterno e infinito. La Cruz no es el final, porque en Cristo toda herida puede ser transfigurada. Y algún día vosotros hallaréis la Resurrección, porque solo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

El Resucitado entra con discreción en cada hogar, como aquella tarde en el cenáculo: «Paz a vosotros» (Jn 20,19). Llega a la casa del desesperado y del manso, del abandonado y del que no sabe cómo rezar. Participar en la Pascua es vivir en Él, con Él y por Él, hasta que todo sea recapitulado bajo su amor. La Iglesia, en esta mañana luminosa, se convierte en eco de un aleluya que no es solo canto u oración, es vida que pasa de corazón a corazón.

Hermanos, hermanas: la tumba está vacía, la Vida tiene rostro y su nombre es Jesucristo. Caminemos como hijos de la Pascua y vivamos —sin descanso— de la Vida del Viviente. ¡Feliz Pascua de Resurrección!