Fecha: 25 de enero de 2026
Este domingo, que este año coincide con la solemnidad de la Conversión de san Pablo, es el domingo que el recordado papa Francisco quiso que estuviera dedicado de manera especial a valorar la importancia de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia. Además, en nuestras diócesis, por iniciativa de la Asociación Bíblica de Cataluña, del 26 al 31 de enero tendrá lugar la X Semana de la Biblia. Entre los diversos actos programados, deseo destacar el que se celebrará en Montblanc, el viernes día 30, con la participación de la juventud de nuestra Delegación de Jóvenes.
El lema del «Domingo de la Palabra» de este año está tomado de la Carta de san Pablo a los Colosenses, cuando afirma: «Que la Palabra de Cristo habite entre vosotros» (3,16), y que lo haga —añade el pasaje— «en toda su riqueza». De este modo —según Pablo— los miembros de la comunidad se instruirán y se exhortarán unos a otros con toda sabiduría, movidos por la gracia de Dios.
El pasado mes de noviembre se cumplieron sesenta años de la publicación de la Constitución sobre la Palabra de Dios del Concilio Vaticano II, Dei Verbum. En ella se nos recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como ha venerado también el mismo Cuerpo del Señor». Por ello, la Iglesia «no deja nunca […] de alimentarse de ellas y de distribuirlas a los fieles, tanto el pan de la Palabra de Dios como el Cuerpo de Cristo» (DV 21). Tomemos conciencia, por tanto, de este íntimo paralelismo. Aunque con frecuencia no seamos conscientes de ello, la pedagogía de la Iglesia, en la liturgia, nos recuerda la importancia de la revelación bíblica, mediante la cual Dios «se da a conocer», en un diálogo profundo que desea entablar con todos nosotros.
Un poco más adelante, el documento del Vaticano II antes mencionado recomienda a todo creyente, y especialmente a los ministros de la Palabra, la «lectura asidua» y el «estudio diligente» de las Escrituras, para no convertirse en «predicadores vacíos» de la Palabra, sino para poder «escucharla desde dentro» (DV 25), puesto que, como afirmaba san Jerónimo, «el desconocimiento de las Escrituras es el desconocimiento de Cristo» (PL 24,17). Junto a la Eucaristía, ocupa también un lugar privilegiado la Liturgia de las Horas, la oración por excelencia de la Iglesia, verdadero alimento espiritual cotidiano del fiel.
A su lado se sitúa la práctica de la lectio divina, que sigue cuatro pasos: lectura, meditación, oración y contemplación. La lectura del texto conduce a preguntarnos: ¿qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sigue la meditación, en la que la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico? De este modo se llega a la oración, que plantea una nueva cuestión: ¿qué le decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Se concluye con la contemplación, durante la cual nos preguntamos: ¿qué conversión del pensamiento, del corazón y de la vida nos pide el Señor?
Tomemos una Biblia y practiquémoslo en casa. Sin duda, nuestra vida cristiana se renovará en el Espíritu.
Vuestro,


