Fecha: 1 de febrero de 2026
En otras ocasiones hemos hecho referencia a la complejidad de nuestro mundo. Hay situaciones que ni el mejor guionista sería capaz de imaginar. Los problemas existen, han existido y seguirán existiendo. Cada uno de ellos puede ser motivo de crecimiento, porque lo son, aunque nos dejen el cuerpo magullado. Pero ¡atención! No hace falta ir a buscar los problemas: «Quien se mete en la lluvia, se moja».
¿Cómo debe afrontar un misionero las dificultades? Habría que especificar de qué problemática se trata, pero, dicho en un sentido general, ¿qué hay que tener en cuenta cuando uno comienza la misión? ¿Qué criterios validan nuestros planteamientos pastorales? Es de aquello de lo que os hablé un día: ¿qué significa para nosotros la palabra «éxito»? ¿De qué triunfo hablamos los seguidores de Jesús? (Si es que hablan de él o deben hablar.)
El papa Francisco afirmó que muchos cristianos ponían a veces cara de vinagre, es decir, que tenían más cara de Cuaresma que de Pascua. Si lo decía… Lo cierto es que hoy la cantinela de la queja está muy extendida. Todo el mundo se lamenta por una cosa u otra. Hay motivos, a veces, muy razonables, pero no siempre. No quiero rebajar el tono de algunas denuncias de clara injusticia social, pero en ocasiones hay lamentos que no vienen a cuento.
Algunos afirman que nuestra actividad pastoral debe ser capaz de despertar un sentido crítico. Es cierto. El hecho de pensar es un ejercicio que debe realizarse siempre, especialmente cuando nos encontramos con dificultades. El «éxito», pues, tiene muchos matices. Es necesario promover escenarios donde poder repensar, porque junto a la bonanza del éxito descubrimos que la vida cristiana pasa por el cedazo de la cruz, cada día. Con todo —¡y esto es muy importante!—, una vida espiritual saludable no busca la cruz, sino que la acepta. Esto es lo que quería compartir. La cruz, es decir, los giros complejos de la vida, se descubren tal como vienen: no los vamos a buscar. Sabemos que están ahí, pero no los queremos. El peligro se detecta tanto en quienes piensan y viven el cristianismo como un problema continuo, una especie de carrera de obstáculos, como en quienes se han encerrado en una burbuja idílica e irreal, en un mundo que no responde a la realidad.
El misionero, pues, es alguien que reza y, sin olvidar sus raíces, asume el reto de releer su vida desde la óptica de Dios. La oración es un respiro intenso y sereno de primer orden. Cualquier cristiano debe buscar los espacios y los momentos para hacer más fluido el diálogo con Dios y, por tanto, la escucha atenta de la vida. Rezar ayuda a encontrar el rumbo y el sentido de cada instante. La oración nos hace descubrir la cercanía de Dios. El primado de la oración, si no queremos reducir la misión a un puro activismo, es fundamental. Además, la oración bien hecha no aísla al misionero del mundo ni sitúa la misión en una esfera extraña, incomprensible. La vida de oración quiere reconducir los lamentos y quejas en lecciones, alabanzas y acciones de gracias.
Sencillo: debemos aprender a ser amantes de la oración. Deberíamos adentrarnos en la misión a través de la vertiente artística del diálogo con Dios: Él nos habla y nosotros le escuchamos. Así podremos convertir los dolores del fracaso y de la decepción en lecciones de vida. La oración nunca nos invitará, si es verdadera, a huir o abandonar la realidad. Alguien que saca adelante su misión no lo hace con tristeza ni con ganas de queja, sino confiando plenamente en el amor inagotable de Dios, porque ya es bien sabido por todos que quien se mete en la lluvia, se moja.


