Fecha: 22 de febrero de 2026

Una pregunta habitual entre los cristianos es la del «¿cómo?». «¿Cómo haremos esto?», «¿cómo podremos salir adelante?», «¿cómo se ha de entender esto?», «¿cómo hay que vivir hoy el Evangelio?»… Los entendidos hablan de la pregunta ética, porque nos vemos inclinados a responder en términos prácticos. Hoy, pues, al continuar nuestra reflexión sobre el mundo contemporáneo y la misión, nos adentramos en este dicho tan conocido: «quien siembra vientos, recoge tempestades».

Habría que puntualizar que el verbo «hacer» ha adquirido mucho protagonismo. Demasiado. Parece que «lo hacemos y lo deshacemos todo», o «hacemos aquello» y también «hacemos lo otro». No podemos permitir reducir nuestro lenguaje a unos pocos términos. La vida es mucho más intensa, rica y diversa. En todo caso, lo cierto es que «hacemos cosas». Las hacemos, las transportamos, las modelamos, las transformamos…

En este río de acciones, los seres humanos simplemente actuamos como instrumentos. Aunque el hombre sea, como dicen los especialistas, el único animal que «hace herramientas que hacen herramientas», nosotros somos simplemente instrumentos. A lo sumo, instrumentos creativos. El Creador es Dios, y solo Él. Aclarado esto, volvamos.

«¿Hasta qué punto nuestras acciones nos definen?», diría que bastante o del todo. En gran medida es así. «¿Y nuestras omisiones?», también. Somos personas que, en mayor o menor medida, nos definimos por aquello que llevamos a cabo. Ojalá que todo nuestro obrar no sea una excusa para dañar, herir o perjudicar a nadie. Atención, porque en nuestro entorno existen acciones y personas incoherentes e irresponsables, es decir, que actúan con poca transparencia. Algunos se disfrazan de paz y bondad, pero no es más que un disfraz. Hay cristianos que lo son de nombre pero no de hechos. Esto ha pasado siempre.

En este tiempo de conversión que es la Cuaresma deberíamos crecer todos en la valentía de vivir claramente los criterios del Evangelio —cuando digo todos, me refiero a todos—. Hechos y no palabras, diría el sabio. En todo caso, para no caer en tensiones irresolubles: palabras y hechos bien unidos por el testimonio. La misión se plantea de muchas maneras, pero sin duda cobra peso gracias a la sintonía entre lo que decimos y lo que hacemos. La unidad de vida es expresión de coherencia.

Otro peligro actual es la inacción. Que un misionero no haga nada delata una opción, cuando menos, poco frecuente. Espiritualmente, en otras épocas, se había denunciado el quietismo. No nos alineemos tampoco con el activismo. Huyamos de los extremos desmesurados. El equilibrio es un arte que hay que cuidar y considerar cotidianamente en el campo de la misión.

He aquí que nuestro dicho, en el contexto cuaresmal en el que nos encontramos, nos invita a la acción responsable y coherente, y también a la aceptación de las consecuencias de nuestros actos.

Ya lo tenemos: coherencia y responsabilidad. Dos términos que no están nada de moda, pero que todos buscamos. No podemos reducir, pues, el cristianismo a un formulario teórico; tampoco a un conjunto de acciones movidas por la repetición sin criterio. Hoy necesitamos reencontrarnos con el mundo de la experiencia, pues es desde la vida desde donde entenderemos la llamada a ser coherentes y a ser responsables de lo que hemos podido hacer o deshacer.