Fecha: 29 de marzo de 2026

En la película Sirāt, un padre y su hijo pequeño se adentran en el desierto para buscar a la hija desaparecida entre raves. Un amor obstinado les empuja más allá del miedo, como quien atraviesa un paisaje que refleja un desierto interior. Sirāt significa “camino/sendero” y, en la tradición islámica, evoca también el puente que hay que cruzar hacia el más allá. El Domingo de Ramos es la entrada de Jesús en su sirāt: la Pasión. Jesús no rehúye culminar el sentido de su vida; en la cruz asume el paso estrecho donde el amor vivido hasta el extremo también se pone a prueba.

En Sirāt morirá Esteban, el hijo pequeño. El argumento deja de ser solo una búsqueda y se convierte en duelo, habla de la muerte con la culpa rozando cada decisión del padre, y desde entonces la película exige atravesar la noche sin consuelos. En la Pasión, también porque el horizonte se oscurece, las voces se apagan y queda el “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. La diferencia es que en el Evangelio el paso de la cruz gesta Pascua, Vida.

Sirāt habla con imágenes y música techno; polvo e inmensidad desarticulan el relato y nos obligan a escuchar lo que sucede dentro de los protagonistas. Todo se vuelve sensorial, sin palabras. La Pasión, en cambio, es revelación porque lo que se ve fracaso y sufrimiento, no es lo que sucede (donación absoluta y redención). La cruz no es estética de derrota, sino gramática de amor que desarma el pecado y la banalidad del mal.

Tanto en Sirāt como en Ramos, la clave es dejarse conducir por un amor que no quiere controlar el desenlace, sino ser fiel en el camino. Pero el cristianismo añade lo que el cine no dice: la Pascua. La fe no borra el mal ni la muerte, los atraviesa. El padre de Sirāt ha de cruzar el puente del duelo para no perderse a sí mismo; nosotros entramos con Jesús en Jerusalén para aprender que la Pasión es sentido y promesa de vida. Donde el mundo pone un punto final, Dios escribe el comienzo de la VIDA.