Fecha: 5 de abril de 2026
Permitidme un brevísimo comentario de este dicho —que, personalmente, encuentro muy simpático—: «se acabó lo que se daba». Se dice, a veces, como cierre de algún hecho e incluso de alguna relación que no era del todo relevante. Ciertamente, hoy, domingo de Pascua, damos por acabada la muerte, la tristeza, el mal, la injusticia y todo aquello que se deriva de estas realidades. La vida cristiana es justamente lo contrario: es, y debe ser, expresión real de alegría, esperanza, amor y confianza. La misión es justamente un buen eco de lo que Jesús nos propone y, en ella —digámoslo—, los sacramentos, los siete, son expresiones rotundas del Amor de Dios —Padre nuestro, Padre de todos—.
Estimados, nuestra vida tiene sentido cuando la referenciamos al Amor. Todo aquello que no tenga que ver con un Amor sincero, desinteresado y paciente no va con nosotros. Los cristianos deseamos que nuestra historia sea un relato verdadero; de ahí la necesidad y la centralidad del Amor. Dios es Amor y Él es quien ha venido, y continúa viniendo siempre a nuestra vida para rescatarnos, acompañarnos e impulsarnos a vivir el Amor. Su Amor es nuestra fuerza; es decir, nada que ver con alguna realidad poco relevante, como el brócoli, por ejemplo.
El Amor necesita su espacio y su tiempo. El Amor no se conjuga bien con las prisas: necesita desplegarse de manera comprensible, según su propio ritmo, para aquellos que queremos acogerlo, disfrutarlo y compartirlo. El Amor lo podemos detectar presente en la vida de cada persona si esta no se cierra absurdamente en su pequeño mundo. El Amor nos ofrece un cambio de perspectiva, ya que dejamos de ocupar el centro para situar en él al más necesitado, al otro. El Amor no se encuentra en medio de los rumores, sino en las manifestaciones sencillas y transparentes. El Amor es una propuesta a entregar la vida en forma de servicio, y nunca una imposición. El Amor se percibe presente cuando se genera una referencia clara a Aquel que nos ha amado, nos ama y nos amará siempre. El Amor utiliza un lenguaje ilusionante y entusiasmador, nunca hiriente ni enigmático. El Amor propicia la fe y la alegría, como la del campesino cuando ve en la floración el buen fruto que llegará. El Amor viene a ofrecer el justo equilibrio entre la razón y el sentimiento, entre la acción y la contemplación. El Amor nos ayuda a arraigar en el lugar donde vivimos y a hacerlo transmitiendo la sabiduría de los antepasados a las nuevas generaciones. El Amor es contemplar, como un distraído, los detalles más sencillos de la vida y agradecérselos.
De esto trata la Pascua y, en realidad, la vida: del Amor. Es bien sabido que quien ama no pierde la vida, sino que la da, y aún más: quien ama no muere nunca, vive para siempre.
Estimados diocesanos, aceptemos la invitación a ser pascuales. Estamos llamados a dejarnos transformar por la fuerza del Amor. Dejemos las excusas y afrontemos la vida de una vez por todas, tal como Jesús nos invita a hacerlo, desde el Amor.
Decirlo con esta frase —para mí amable, repito—, «se acabó lo que se daba», me invita a dejar de lado todo aquello que no me conduce al Amor.
El empuje de nuestros predecesores es ese buen legado que me ayuda, y nos ayuda, a creer con más fuerza que el Amor de Dios no se agota nunca. Dios no se cansa de amar. Pidámosle Amor: el buen Dios nos lo dará. Con el Amor de Dios dentro de nosotros, «se habrá acabado lo que se daba» y seremos una manifestación plena de felicidad. El criterio del Amor no falla. Creedme.
Feliz Pascua.


