Fecha: 25 de enero de 2026

La vida cristiana, según mi humilde parecer, se construye de muchas maneras, pero no todas funcionan del mismo modo. Me explico. A veces nos apoyamos en argumentos deducidos, es decir, generados a partir de grandes principios. En otras ocasiones, nos movemos con criterios que provienen del mundo de las intuiciones, es decir, que son producto de una experiencia personal. Los grandes ideales existen, como también las vivencias personales, que acaban teniendo un lugar muy relevante y vendrían a validar aquello tan incuestionable que diría: «lo que a mí me va bien, me lo quedo».

A menudo pienso que todos estamos hechos como si fuéramos mosaicos, como si nuestra vida fuera un cúmulo de teselas muy diversas. El sentido de cada una de ellas es auténtico, incluso diría que absoluto. ¿Existe, sin embargo, alguna razón interna que las relacione con sentido? Es difícil decirlo, pero hay un elemento que a nosotros, seguidores de Jesús, nos ayuda en gran manera: me refiero a la Palabra de Dios. Ella, la Sagrada Escritura, nos guía. Lo tengo claro. El texto sagrado nos ayuda a poner luz a tantos y tantos capítulos de nuestras vidas y nos confirma la validez del dicho de hoy: «ser de buena pasta».

Estamos hechos, dice el texto sagrado, por obra y gracia de Dios, pero no olvidemos que Dios nos ha modelado desde el barro. Es decir, somos a la vez frágiles y quebradizos, pero también brillantes y esperanzados. No quiero en absoluto irme por las ramas con una reflexión genérica. Quiero, sencillamente, recordarme y exponer que hay una masa, una buena masa, que da a nuestra vida un tono de unidad importante, necesario y esencial. Necesitamos acercarnos al texto del Nuevo y del Antiguo Testamento para captar esta acción de Dios en nosotros y este sustrato del cual estamos hechos, pero también a partir del cual Dios nos eleva.

No queremos ser de los que recortan el texto sagrado como quien deshoja una flor: «esto sí, esto no». Todo el texto somos nosotros. Es decir, el texto habla de nosotros, de lo que somos, de nuestras luces y de nuestras sombras. No tengamos miedo a leer —¡ay, por favor! Pensaba que eso no lo escribiría nunca—, pues lo que leemos nos ayuda a configurar la unidad que buscamos.

Los misioneros son de aquellos que leen. La Biblia, libro de libros, es texto de cabecera. Leer nos ayuda a reconocer quiénes somos. Es pura emoción. No es fácil dedicar tiempo a la lectura en un mundo tan lleno de interrupciones y distracciones. Es uno de los grandes retos. Quien lee se cultiva, convierte su persona en un campo y lo labra. El texto sagrado nos invita, digámoslo solemnemente, desde la eternidad, a construirnos, es decir, a reconocer que somos esa buena pasta que nos hace ser quienes somos, es decir, testigos del buen Dios, referentes que asumimos responsablemente los propios errores y que insistimos en compartir los logros que alcanzamos.

Los misioneros necesitamos esta proximidad hacia la Palabra de Dios. No es necesario aprenderla de memoria, sino saber trasladarla a la vida. Dicho de otra manera: saber que la historia de salvación que relata está incluida en nuestra vida. «—¿Ser de buena pasta o no serlo? that’s the question», diría algún Hamlet actual. Bien, apuntémonos a la lectura, si puede ser continuada. Un buen reto. No seamos de los que lo quieren todo de golpe: ante el texto sagrado quedaríamos fritos. Más vale poco y digerir bien. Que la buena lectura os acompañe. Que el texto sagrado relacione el mundo, el de los grandes ideales y el de las múltiples experiencias, en una historia de amor, una historia de sentido.