Fecha: 15 de marzo de 2026
Hace pocos días que el Museu de Lleida inauguraba una exposición, Instruments de l’ànima —os la recomiendo vivamente—. Sin hacer spoilers, os diré que esta propuesta museística nos viene como anillo al dedo en este tiempo cuaresmal que vivimos. Los sentidos desempeñan un papel importante en relación con la vivencia de la fe. Por eso, porque los sentidos (vista, tacto, oído, olfato, gusto) son decisivos, debemos reconocer que es a través de ellos como expresamos quiénes somos y cómo somos, pero sobre todo quién es Dios y cómo nos relacionamos con Él.
Toda relación es compleja. La misión es una buena expresión de lo que significa acompañar, acoger, entender e impulsar. Los tiempos modernos nos ponen a prueba, porque no favorecen relaciones liberadoras, esperanzadas y maduras. Nuestra sociedad padece mucho de egoísmos incontrolados. La Cuaresma debe servirnos para rebajar ese tono desmesurado de nuestro «ego» y vivir reconciliados, serenos y pacificados con nosotros mismos. Esto no se consigue de la noche a la mañana. Lo hemos dicho en otras ocasiones. Hace falta un tiempo. Por eso el dicho de hoy: «También las verdes maduran».
Y este refrán también tiene su razón de ser si nos remitimos a la próxima fiesta de san José, que aparece en medio de nuestro camino de conversión como una referencia muy valiosa para descubrir la bondad de quienes saben encontrar su lugar. Un lugar de discreción que los hace muy valiosos. Qué bueno es encontrar en nuestro mundo testigos que saben mantenerse en un segundo plano. La figura de san José nos remite al ámbito de las vocaciones.
Tenemos vocaciones. Existen. Todos los cristianos somos fruto de una llamada de Dios. Todos somos responsables de vivirla, de cuidarla y de hacerla crecer. La llamada no es una llamada telefónica imperiosa; más bien se asemeja a un goteo de realidades que nos hacen entender que nuestra vida es un regalo para ser ofrecido. Y si nos referimos a las vocaciones al ministerio presbiteral, también os digo que sí, que tenemos vocaciones. Estad atentos, queridos, porque están ahí. No se ven a simple vista; también es cierto.
Soy consciente de que la madurez de la que hablamos muchas veces es ya un milagro en sí misma —¿somos, a veces, demasiado idealistas?—. Todos tenemos un enredo interno que no siempre es fácil de entender. Seamos pacientes. Dios hace crecer, modela y acompaña siempre. Dejémonos hacer. La madurez tiene mucho que ver con la paz. Como los buenos vinos, que necesitan su justa temperatura, imagino así nuestro proceso de crecimiento, y sobre todo el de aquellos que vienen detrás de nosotros. En un contexto adecuado, la manifestación de la vocación debería parecer más factible. Pero también es cierto que este mundo nuestro gime como con dolores de parto, y es así también como la vocación va abriéndose paso en los escenarios menos esperados.
Estemos atentos. No dejemos nunca de escuchar a quienes tenemos a nuestro lado. La llamada de Dios va haciendo su propio camino —que nadie lo dude—. Nos afecta a todos. Y es responsabilidad de todos preservar los ambientes de crecimiento, pero no para sobreproteger a nadie, sino para conservar las buenas condiciones que permiten una vida coherente, dialogante, libre y madura. El peligro de deshumanizarnos es evidente. Debemos ser cuidadosos en nuestras relaciones y no precipitarnos con el juicio rápido. Normalizar el desacuerdo es vivir heridos. Volvamos al buen orden y aceptemos que nuestros caminos de vivencia de la fe también deben ir madurando. Este camino de Cuaresma sirve para eso: para convertir nuestra sordera y responder a su llamada.


