Fecha: 1 de marzo de 2026
Mirando a nuestro alrededor vemos los cambios que se han producido en estos últimos años en nuestra sociedad. Cambios de todo tipo y en todos sentidos que, si bien por un lado nos han proporcionado importantes avances técnicos, médicos y científicos que contribuyen en gran medida al progreso y al bienestar de todos, parece, por otra parte, que en el nivel del pensamiento y de los valores en general vivimos inmersos en una cierta confusión, sobre todo en lo que respecta a algunos aspectos fundamentales de la persona y de la vida humana. Y no es fácil para los cristianos situarse en este contexto manteniendo su identidad y respetando a la vez modos de pensar y sensibilidades a veces muy diferentes.
El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, aportaba unas valiosas reflexiones sobre el ser humano, sobre la evolución del mundo presente, sobre el papel y la misión del hombre en el universo y sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. Decía el Concilio: «Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, cada día son más numerosos los que se plantean o los que emprenden con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, pese a tantos progresos hechos, todavía subsisten? ¿Qué valor tienen las victorias conseguidas a tan alto precio? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (GS, 10).
Es por eso que los cristianos, que creemos y sabemos que Jesucristo es la verdadera luz del mundo nos sentimos llamados a ofrecer a los hombres y mujeres del mundo actual esta luz como siempre ha hecho la Iglesia desde que Jesús resucitado dijo a sus discípulos: “Id, pues, a todos los pueblos y haced discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).
Centrándonos en el tema de la educación, en estos días en que ya han comenzado las preinscripciones en las escuelas, nos sentimos responsables de recordar lo que supone la persona y el mensaje de Jesús para ayudar a construir personas con el convencimiento de que en Él encontrarán el sentido de la vida y podrán ser verdaderamente felices. El Papa Benedicto XVI, en la misa solemne de inicio de su ministerio, el 24 de abril de 2005, nos decía dirigiéndose a los jóvenes y a todos: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno”.
Es desde este convencimiento que en los planteamientos de toda escuela cristiana o de inspiración cristiana se ha tenido siempre presente a la persona de Cristo resucitado y los valores del evangelio. Y en su ideario, en el centro de su planteamiento educativo la escuela cristiana propone el mensaje del Evangelio como un camino para crecer, como un proceso de maduración para la persona humana, respetando, por supuesto, la opción y los derechos de quienes profesan otra religión o tienen unos principios y valores diferentes. Por eso es importante que los padres y madres conozcan cuál es el criterio y el ideario de la escuela que eligen para sus hijos, entendiendo que siempre, ellos son los primeros responsables y principales protagonistas de la educación de sus hijos. Y que en esta educación la fe y Jesucristo no son un añadido, sino un elemento constitutivo y fundamental, que se encuentra en la base de la educación cristiana y se ofrece desde la libertad del ser humano.


