Fecha: 29 de marzo de 2026

Estimados amigos y amigas:

Al comenzar la Semana Santa, la Iglesia nos reúne en torno al altar para celebrar el Domingo de Ramos. Con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, iniciamos el camino que nos conducirá a la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor. La Iglesia se sitúa hoy en el umbral del Misterio, aclamando con ramos al Rey y meditando el relato de la Pasión, dejándose traspasar por la gloria y la cruz, actualizando el amor extremo de Cristo. Y en este contexto de entrega total, ponemos el alma en la Misa Crismal: una liturgia luminosa que nos devuelve al origen de nuestra Unción y que celebramos cada Martes Santo en la Catedral. Y en ese refugio tan importante para los sacerdotes deseo quedarme hoy. Antes de adentrarnos en el misterio de la Pasión, el Señor nos devuelve a la raíz: a la unción, a la llamada, a la alianza sellada en el día de nuestra ordenación. Como en Nazaret, vuelve a resonar en medio de la asamblea la voz de Cristo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido» (Lc 4,18). Y, en su voz, en la textura delicada de su palabra, cada uno reconoce su nombre.

Las tres ánforas que se presentan delante del altar —el óleo de los catecúmenos, el de los enfermos y el Santo Crisma— no son simples vasijas: son la parábola visible de una Iglesia que lucha, que consuela y que es enviada. El óleo de los catecúmenos nos habla de lucha, de esa batalla evangélica que se libra en lo secreto del corazón. La verdadera contienda del cristiano es negarse a sí mismo (cf. Mt 16, 24), despojarse del orgullo, cultivar el diálogo paciente, ejercitar la escucha, abrazar el silencio fecundo y la misericordia. Es estar siempre del lado del hermano.

El óleo de los enfermos es sacramento de ternura, es el aceite derramado con sutileza sobre la fragilidad humana, presencia entrañable de Cristo que se inclina ante el que sufre. Cada vez que la Iglesia unge a un enfermo, vierte la cercanía compasiva del Buen Samaritano: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Como repetía el papa Francisco, la Iglesia está llamada a ser «hospital de campaña»: lugar donde el aceite del consuelo sana las heridas invisibles del alma. Y el Santo Crisma es signo de filiación y de envío, es la marca del Espíritu que nos configura con Cristo, el Ungido del Padre. Y quien ha sido ungido, no puede guardar para sí el perfume; debe llevar a todos los rincones del mundo el aroma del servicio, de la acogida, de la paciencia, de la misericordia y del perdón.

Antes de contemplar la Cruz, volvemos a la Unción; antes del silencio del sepulcro, escuchamos la voz que nos envía. Que esta Semana Santa nos encuentre revestidos del Amor y que, al renovar nuestras promesas, podamos decir con verdad: «Señor, aquí estamos, ungidos para amar con el aroma de Cristo».