Fecha: 1 de febrero de 2026
Estimado amigo, estimada amiga en la vida consagrada:
Hoy la Iglesia te mira en la quietud de un silencio profundo, consolador, agradecido: no para señalarte, sino para contemplar en ti el misterio insondable del Amor. Hoy, en la fiesta de la Presentación del Señor, cuando el Hijo es ofrecido al Padre desde la plenitud de unos brazos humanos, tu vida vuelve a ser presentada sobre el altar del mundo como una admirable historia nacida para dejarse moldear.
La pregunta que hoy resuena –en forma de lema– es decisiva para Aquel que te modeló y te amó antes, incluso, de nacer: ¿Para quién eres? Eres para Aquel que te miró primero, para un Padre que no te pide perfección, sino disponibilidad. Eres para Dios, sí, pero a su manera: derramándote, partiéndote, entregándote. Eres todo lo que Él pensó para ti. ¿Sabes por qué? Porque, día tras día, pones tu vida –con sus luces y sombras, con sus gozos y fatigas– en sus manos. Y Él, con esa paciencia de artesano eterno, va dando forma a tu consagración según su corazón. Dios no te esculpe desde fuera, amasa tu alma desde dentro, desde ese cobijo escondido donde nacen las decisiones silenciosas, las ofrendas mudas, las fidelidades que nadie aplaude.
Quiero agradecer tu consagración y tu encarnación radical al dolor del mundo a través de tus manos que, ungidas, tocan la carne herida de la humanidad, de tus ojos que aprenden a mirar donde otros apartan la vista, de tu voz que es capaz de pronunciar palabras de consuelo cuando la esperanza parece extinguirse y de tu piedad que permanece junto a quien vive solo, cansado, enfermo, descartado u olvidado. Sigues ahí, a la orilla del silencio, tantas y tantas veces sin que nadie pronuncie tu nombre, sin lugar, sin reconocimiento, en hospitales y residencias, en la calle y en la noche, en contextos de pobreza, prostitución y guerra, en el tercer mundo y en los márgenes del primero… Estás, desde lo oculto, siendo la mano extendida de Dios cuando parece que Él mismo calla.
«La vida consagrada –recordaba el Papa Francisco– es una profecía que muestra al mundo cómo se vive cuando Dios es lo primero». Por eso, tu vida es una profecía eterna, porque eres la memoria viva de un Jesús pobre, casto y obediente. Y en un mundo que, a veces, mide el valor por la utilidad, tú perpetúas que la vida se justifica por el amor. Ojalá cada mañana vuelvas a pronunciar tu «sí», a veces con alegría desbordante, otras con fe desnuda; porque ese «sí», repetido sin testigos, sostiene al mundo más de lo que imaginas.
Gracias por permanecer cuando sería más fácil marcharte, por creer cuando la noche se alarga, por seguir siendo pan partido y lámpara encendida. Hoy la Iglesia te recuerda que no estás solo ni sola, que tu vida importa y que tu entrega sigue dando fruto, incluso cuando no lo ves. Amigo, amiga, eres para Dios; y, por Él, con Él y en Él, eres para todos. Gracias. La belleza de tu consagración muestra a Dios pasando tiernamente por nuestras vidas.


