Fecha: 19 de abril de 2026

Durante estos domingos del tiempo de Pascua, la Iglesia nos ofrece textos del Evangelio en los que podemos contemplar al Señor resucitado. El fragmento del Evangelio de este domingo es el bello episodio de los discípulos de Emaús. Si lo leemos con fe, Dios nos ayudará a renovar nuestra mirada y a descubrir a Cristo todos los días y en todas las cosas.

El evangelista Lucas describe a dos discípulos de Jesús que están en crisis. La muerte de Jesús en la cruz ha destruido todas sus esperanzas. Se sienten tan desanimados y bloqueados que, cuando el Señor se pone a caminar a su lado, no son capaces de reconocerlo (cf. Lc 24,16). Pese a todo, los discípulos no pueden olvidar a Jesús. Siguen recordándolo. En su interior hay un pequeño rescoldo de esperanza. También nosotros podemos sentirnos en muchos momentos de la vida invadidos por la tristeza, el cansancio o el desánimo. Sin embargo, Cristo siempre está a nuestro lado, jamás nos pierde de vista.

Cuando nos hallemos en alguna de estas situaciones pidámosle a Dios que nos ayude a mirar de nuevo “con los ojos de la fe”. Así nos los sugiere el poeta Gerardo Diego con estas palabras: “Tú que diste la vista al ciego y a Nicodemo también, filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe”.

Según la tradición, el evangelista Lucas era médico. Es por ello que en este texto, nos “receta” algunos remedios para que recuperemos la vista.

El primero es la Palabra de Dios. La Palabra es el fuego que, de manera discreta y eficaz, arde en nuestro interior y enciende de nuevo nuestra fe. Cuando meditamos las palabras de Jesús y tratamos de ponerlas en práctica, la luz de Cristo ilumina nuestra mirada.

El segundo es la Eucaristía, un alimento, una medicina que da vida. En ella Cristo nos consuela y nos fortalece para continuar nuestro camino con alegría. Recordemos a los discípulos de Emaús. Ellos lo reconocieron al partir el pan.

El tercer remedio es la caridad. Cristo abre nuestros ojos cuando acogemos en nuestra mesa al hermano desconocido, al que no tiene adónde ir, al que ha perdido toda esperanza. Así lo hicieron aquellos discípulos de Jesús cuando invitaron a cenar a aquel peregrino porque anochecía y les sabía mal que anduviera solo por aquellos caminos.

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el Señor sane nuestra forma de mirar. Tomemos como modelo a aquel ciego del que nos habla Lucas en su Evangelio. Ojalá que, cuando Cristo nos pregunte: ¿Qué puedo hacer por ti?, sepamos responderle: “Señor, que recobre la vista” (Lc 18,41).