Fecha: 26 de abril de 2026
En el contexto de una sociedad compleja y fragmentada como la nuestra, marcada por el individualismo y el materialismo, surge la pregunta: ¿qué debe pasar en el corazón y la mente de algunos jóvenes y no tan jóvenes, chicos y chicas, que toman el camino sorprendente de dedicar su vida a los demás? Y no como un voluntariado temporal sino poniendo toda su existencia al servicio de los demás. Al servicio del Otro que es Dios y de los demás hombres y mujeres, hermanos suyos, en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada.
Porque se trata de personas del mismo contexto social y del mismo momento histórico y cultural, jóvenes que, dejando de lado otras posibilidades, han tomado la decisión de hacer presente en el mundo el mensaje del evangelio, el mensaje del amor de Dios para todos sus hijos.
¿Cuál puede ser la motivación tan poderosa que ha llevado a hombres y mujeres de todas las épocas y condiciones a dejarlo todo para dar este paso? El Papa Benedicto XVI, en su primera carta Encíclica «Deus Caritas est» afirmaba: «Hemos creído en el amor de Dios: así el cristiano puede expresar la opción fundamental de su vida. No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un horizonte nuevo a la vida, y con esto una orientación decisiva.»
Éste es el auténtico motivo, y lo ha sido desde aquella primera respuesta de los apóstoles a la llamada de Jesús hasta nuestros días: la persona Jesucristo que se ha hecho presente en sus vidas. En las narraciones de la llamada de Jesús a los apóstoles que nos transmiten los evangelios, siempre, en todos los casos, es el encuentro con Jesús el motivo decisivo del seguimiento, su presencia en la vida de Pedro y de Andrés, de Natanael, de Jaime y Juan, de Mateo y de todos. Sin duda que esta presencia de Jesús les fascinó y sus palabras les entusiasmaron. Pero también hubo una gracia interior, la gracia de experimentar el amor de Dios a ellos y al pueblo de Dios que les movió a dar una respuesta de por vida cuando les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Y ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron» (Mt 4, 19-20).
Sólo desde la fe en su amor y desde sentirse amados por Dios, sólo desde el convencimiento de que nuestra vida responde a un proyecto de amor de Dios para nosotros, para la Iglesia y el mundo, en el encuentro personal con Jesucristo, podemos entender la gracia de la vocación, que es manifestación de amor a los que son llamados y al mundo entero. Sólo así puede darse una respuesta a esta gracia, y es él mismo Jesús quien, al llamarnos, nos envía y nos da la fuerza necesaria para la entrega. Es una llamada de amor y una respuesta de amor la que han dado tantos hermanos que se han dejado enamorar por Jesucristo y en Él han encontrado la fuerza para una plena donación.
En la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, oremos todos por todos, para que el Señor haga descubrir su vocación a cada uno de sus hijos. Por eso necesitamos fomentar el encuentro personal con Jesús, el Hijo de Dios, que sigue presente en su Iglesia. Un encuentro en la fe y en el amor que posibilite la experiencia de ser amados por Dios, una experiencia que habitualmente se da en la oración.
El encuentro personal, la llamada, el enamoramiento de Jesucristo y de su mensaje y la misión a la que nos envía son elementos centrales en toda vocación, desde la llamada a la vida hasta la vocación universal a la santidad, y es importante poder conocerla, poder descubrir el papel que Dios en su amor ha querido para cada uno de nosotros. Por eso oramos hoy todos por todos.


