Fecha: 26 de abril de 2026
En un artículo publicado relativamente hace poco en un medio conocido de nuestro entorno, un buen cristiano hacía una cuidada distinción —necesaria, todo sea dicho— de la relación entre la ciencia y la pseudociencia, apelando a la necesidad de no reducir la realidad olvidando el elemento de la espiritualidad. La misión pide también ser precisos, para no reducir la realidad únicamente a aquello que es comprobable —he aquí el gran criterio de la llamada ciencia—, y ser pacientes, porque no existe una fórmula fija para todos. La misión contiene una espiritualidad, porque es una propuesta de vida sostenida por el Espíritu Santo. Estamos llamados a ser «buscadores del Espíritu». Es decir, a ser espirituales, y, en este sentido, no todo vale. Hoy estamos bombardeados —cada vez más— de prejuicios y ambigüedades que van arrinconando la experiencia de la fe; pero también, en otras ocasiones, parece que todo esté lleno de espiritualidades y misticismos extraños. Por eso, hoy quisiera rescatar aquel dicho conocidísimo: «la paciencia es la madre de la ciencia».
Hemos hablado del tiempo y las prisas en otras ocasiones. Sin repetirnos, ahora quisiera hacer de nuevo un inciso en el hecho de vivir pacientemente. La misión nos exige una espiritualidad que huya de las prisas y de las inquietudes. Todos estamos llamados a abrirnos confiadamente, sin miedos, a la acción del Espíritu. Necesitamos cultivar intensamente nuestra vida de oración para no caer en el riesgo de quitar vida a la misión. En ningún momento queremos dar la victoria a la impaciencia. La paciencia nos permite crecer en el discernimiento.
Por eso, la misión no puede ser únicamente una acción que pretenda generar un impacto conmovedor, un sentimiento o una emoción nueva. Más importante que eso es referirnos al hecho de vivir un camino, un proceso. Es necesaria, pues, la paciencia para acompañar y ser acompañados en las diversas etapas de crecimiento de la vida cristiana. Todos nos necesitamos, si hablamos de acompañamiento. En este sentido, la actitud de la escucha es vital para comprender la importancia de aquello que es gratuito. Y he aquí que, cuando hablamos de la gratuidad —que es un exceso de aquello que estaba calculado—, la ciencia se pierde. La propia experiencia, y no ninguna ciencia, nos enseña a ser pacientes, con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Aunque a veces sea necesario pasar por momentos de dolor, porque «esperar» no es fácil, y «con paciencia» menos aún. Y esto lo digo, también, en relación con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Nativas que hoy la Iglesia nos invita a vivir. Lo que comenzó en su día como un elemento propio de la misión ad gentes, hoy tiene todo su sentido en nuestro contexto diocesano.
Todos tenemos vocación. Dios nos llama a todos a seguirlo y a ponerlo en el centro de nuestra vida. Ninguna ciencia lo enseña mejor que «la ciencia del amor», aquella que plasmó Jesús en su trayectoria junto a los desvalidos, los rechazados, los pequeños. No tenemos ningún manual de referencia, sino una brújula única: la Palabra de Dios. En ella descubrimos el estilo misionero de Jesús. Nos referimos a una manera de ver el mundo y de percibir la condición humana con misericordia, paciencia y bondad. Pero, para que las vocaciones afloren, es necesario un buen clima. El entorno debe ser favorable. Los climas se generan y se cuidan con mucha paciencia. Todos los detalles son importantes, así como el hecho de situar a Jesús, y su evangelio, en nuestro centro. Es importante no descuidar ni la escucha, ni el diálogo, ni la gratuidad, ni el amor. La paciencia, pues, no es una ciencia, pero qué necesaria es para forjar una espiritualidad misionera plenamente pascual. Respiremos hondo y confiemos.


