Fecha: 17 de mayo de 2026

Todos estamos invitados a vivir la Asamblea diocesana. Es un momento importante que se ha preparado con mucho cariño desde el Consejo Pastoral Diocesano. Todos estamos en misión y todos somos misión. Los delegados diocesanos, junto con los laicos y los presbíteros referentes de los arciprestazgos, han esbozado los cuatro pilares a partir de los cuales girará nuestra jornada, a saber: el acompañamiento, la vida espiritual, la formación y las estructuras eclesiales. El documento de trabajo previo nos ha de ayudar a vivir con entusiasmo este encuentro. Confiamos plenamente en que el Espíritu Santo, que nunca ha dejado de acompañar nuestros pasos, nos regalará un encuentro lleno de frutos y muy fecundo. La Asamblea pretende ser una buena expresión de fraternidad, de oración, de debate y, sobre todo, de discernimiento. He aquí el motivo que nos sirve hoy para rescatar este dicho: «Agua de mayo, pan para todo el año».

El cambio climático ha trastocado algunos dichos, pero sabemos que el buen campesino, observador meticuloso de la tierra y del cielo, es un buen intérprete de los signos naturales; y, si él ha forjado este dicho, es que tiene toda su validez. Con este dicho se entendía que el don de la lluvia, aunque fuera poca, era suficientemente beneficioso y satisfactorio para los cultivos. Cuando esto lo trasladamos al campo de la misión, podéis imaginar que la lluvia que esperamos en nuestro obispado no es la del agua, sino la de la gracia. Cada día, el Espíritu nos inspira y nos mueve a reconocer que estamos en las manos de Dios, y que es su gracia, es decir, su bondad, su sabiduría y su presencia, la que inunda nuestros corazones y los impulsa a ser espacios de acogida, de reconciliación y de esperanza.

Un factor clave en nuestra tarea misionera, que viene respaldado por la gracia recibida en los sacramentos, tiene que ver con la presencia pública de los cristianos. Todos estamos llamados a construir un tejido social según la voluntad de Dios. Debemos llenarnos del Espíritu para situar a Dios en el centro de nuestra vida, recibir su paz y, así, convertirnos en humildes servidores de su Reino. Si la misión se apoya en las propias fuerzas, hablamos de un verdadero fracaso —os lo aseguro—. Hoy necesitamos vivir un nuevo Pentecostés. A partir de la gracia recibida, los cristianos podremos descubrir con más claridad qué camino hay que recorrer.

Queridos, la Asamblea diocesana es un momento del Espíritu y necesitamos hacernos presentes en ella. La evangelización nos invita a un ejercicio siempre renovado y esperanzador. Somos testigos de la resurrección. Elevemos, pues, nuestro corazón al Dios de la vida. Alcemos nuestra mirada para contemplar el misterio de la entrega de Jesucristo. Tengamos, sobre todo, una experiencia sincera y profunda del Espíritu, para convertirnos en testigos humildes de paz, alegría y proximidad. Seamos portadores, en la vida pública, del don de una sincera proximidad para vivir como hermanos.

El discernimiento, que va de la mano de la sinodalidad, nos invitará a seguir siendo receptores del Espíritu de Dios, para vivir con convicción la misión que se nos ha dado, alejándonos de cualquier tipo de autorreferencialidad, manipulación o idea perversa que quiera construir un «nosotros» excluyente. Queridos, la Asamblea diocesana nos invita a todos a seguir los pasos de Jesucristo y de su Espíritu Santo, con un estilo sencillo, sereno y sostenido. Que la gracia del buen Dios, su Espíritu, nos haga fecundos colaboradores de la misión de Jesús.