Fecha: 24 de mayo de 2026

Estimados amigos y amigas:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35). En ese contemplar cómo se amaban, a la luz de ese modo tan único de tratarse, reconocían a los discípulos de Cristo y la presencia de Dios en medio de su pueblo. No los descubrían por sus obras, ni por la teología de sus discursos, ni siquiera por su fe, sino por algo más verdadero: el amor que les habitaba.

Hoy, en la solemnidad de Pentecostés, celebramos ese soplo delicado de Dios que va adentrándose por los huecos de nuestra fragilidad para hacernos ver la realidad con los ojos de Cristo: quien nos enseña a caminar con sus sandalias, a discernir los senderos que más nos convienen, a elegir la huella vulnerable que nos conduce hasta su Presencia. En este día en el que celebramos también la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, acogemos el lema que la Iglesia en España nos propone: Pueblo de Dios que sale al encuentro. El Espíritu nos empuja hacia afuera, hacia las periferias humanas y existenciales, hacia los caminos donde habitan el sufrimiento y la calma, la búsqueda y el encuentro, la certeza y la desesperanza.

Somos un pueblo destinado a alumbrar las tinieblas de los solitarios, a acoger la tristeza de los desesperados, a perseverar con misericordia cuando la vida duele. No somos un hogar encerrado en sí mismo, ni la llama de una vela que permanece prendida en lo íntimo de una alcoba donde apenas entra nadie. Somos el eco de un Amor que nos ha sido dado por pura gracia y donde, habitados por el Espíritu Santo, nos sabemos profundamente amados (cf. Rm 5,5).

Como recordamos en nuestra carta para este día los obispos que somos miembros de la Comisión de Laicos, Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española, «los creyentes estamos llamados a estar en el mundo y a transformarlo». Y, de manera especial, los laicos, quienes están llamados a vivir su vocación siendo presencia viva del Evangelio en la política, en la cultura, en la educación, en la salud, en la economía, en la familia y en aquellos lugares donde se necesite la presencia de un Jesús acogedor, humilde y bueno, que devuelva la dignidad, la esperanza y la luz allí donde la vida se ha vuelto difícil.

Estar en el mundo es habitarlo con una presencia distinta: humilde, libre, entregada, apostando —a fondo perdido— por un amor desinteresado que sostiene la vida frágil.

Agradezco el servicio de los laicos que, sin descanso, tienden las manos con ternura para que otros puedan tomarlas sin miedo.

Que el Espíritu Santo renueve hoy en nosotros ese fuego humilde y ardiente, y nos envíe a las calles del mundo con un sólo lenguaje capaz de transformar el corazón de la historia: el amor.