Fecha: 7 de junio de 2026

Esto es lo que Dios ha hecho con nosotros, ha elegido amarnos, ha querido amarnos, y esto es lo que se nos propone este domingo en el que la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi. En muchos lugares las calles de nuestros pueblos y ciudades están engalanadas con alfombras de flores que la gente ha confeccionado para la procesión con el Santísimo. Es una fiesta que pone de manifiesto el agradecimiento del pueblo fiel por la presencia del Señor que nos ama y ha querido quedarse entre nosotros en el sacramento de la Eucaristía. Agradecimiento profundo al amor que nos ha sido manifestado en Cristo porque, cuando parece que ya no se puede hacer más que dar la vida, resulta que él sí que ha hecho más, se ha quedado para siempre con nosotros. Y si dar vida es una prueba de amor, quedarse con nosotros, pobres seres humanos, es también una gran prueba de amor.

Pero esto tiene implicaciones, porque si Él nos ha amado así, dándose del todo, significa que nosotros también debemos darnos los unos a los otros, debemos compartir el amor que recibimos de Dios con los demás. De hecho, éste es su mandamiento, “amaos unos a otros”, y no de cualquier manera, sino “tal como yo os he amado” (Jn 13,34). Y el suyo es un amor que prioriza a los más pequeños, los más débiles, los más necesitados.  El mismo Jesús, en la parábola del juicio final según el evangelio de San Mateo (Mt 25, 31-45), nos revela que todo lo que hagamos a uno de estos pequeños se lo hacemos a él mismo.

También nos presenta Jesús en el evangelio la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) como expresión del verdadero amor y misericordia, del amor que no pasa de largo, que no se queda en una ayuda puntual para salir del paso. Un amor que llega hasta las últimas consecuencias y ofrece a la persona herida en el camino la posibilidad de recuperar su vida haciéndose cargo de él, llevándolo al hostal, comprometiéndose en su recuperación. Con esta imagen del hostal, los Padres de la Iglesia, ya desde antiguo, vieron una referencia de la Iglesia como comunidad. Y es que el amor de Dios no tiene límites, y es en la comunidad de la Iglesia donde lo recibimos y lo compartimos. La persona humana, el hermano que pasa una necesidad, debe experimentar el amor de Dios a través de los demás y debe tener la oportunidad de rehacer su vida y reintegrarse a la vida social y comunitaria.

Por eso hoy es también el día del amor fraterno, y con este motivo las instituciones de la Iglesia que se dedican al servicio de los más necesitados, como Cáritas en concreto, nos recuerdan la necesidad y urgencia de poner en práctica este amor que recibimos de Dios. Y esto tiene una consecuencia muy importante: no podemos separar la fe de la vida. Si Dios se ha comprometido con nosotros dándonos a su Hijo,  recibir la Eucaristía implica comprometerse con los demás, especialmente con los más pobres, los enfermos, los que sufren. No tendría sentido comulgar con Cristo y después vivir de espaldas a los hermanos. El amor que recibimos en la Eucaristía debe transformarse en amor concreto y práctico a los demás.

«¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, no lo honres aquí, en el templo, con sábanas de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, afirmó también: Tuve hambre y me disteis de comer» (San Juan Crisóstomo,  Homilía 50, 3-4: PG 58, 508-509).

No olvidemos que cada domingo celebramos la fe en la Eucaristía, y hoy especialmente solemnizándola tanto como podamos. Vivamos esa misma fe con nuestros hermanos, eligiendo amar, eligiendo hacerlo en comunidad.