Fecha: 7 de junio de 2026
Estimados amigos y amigas:
«Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21,9). Estas palabras, que resonaron a viva voz durante la entrada triunfal del Señor Jesús en Jerusalén, vuelven hoy a levantarse entre nosotros como una esperanza que mana vida, consuelo y plenitud. Porque el Santo Padre, el sucesor del apóstol Pedro, ya está aquí: ha venido a encontrarse con su pueblo, a besarnos los pies cansados y a quedarse en lo más profundo de nuestros ojos. El Pastor de la Iglesia universal visita nuestra tierra por amor, para susurrarnos las palabras que nacen de la paz de Cristo y para dejarnos, en cada gesto, una llamada silenciosa a volver el rostro hacia Dios.
El corazón del Pueblo de Dios se ensancha de par en par para acoger una presencia que lleva —en cada rincón de su ser— el eco del Evangelio. Porque no estamos solamente ante un acontecimiento histórico, sino ante una llamada a escuchar con delicadeza lo que el Papa viene a susurrarnos al corazón. Esta invitación a detenernos en sus gestos y en sus palabras es la antesala de un bien mayor: aprender a escuchar a Dios en la sutileza de lo sencillo, quedarnos en sus silencios, en la ternura de sus encuentros, en la hondura de sus abrazos y en esa manera profundamente evangélica de acercarse a los más frágiles, donde el amor de Cristo vuelve a encarnarse en la piel llagada del mundo.
El Evangelio solo puede ser verdaderamente creíble cuando se vive arrodillado ante el sufrimiento humano. Por eso, el Santo Padre viene como Jesús en la noche santa del Cenáculo, para lavar los pies de los discípulos, para enseñarnos que la grandeza de la Iglesia nace de la humildad que sirve. Viene a visitar a los presos, a los inmigrantes, a los desahuciados, a quienes portan las cicatrices del dolor; viene a rezar junto al Pueblo de Dios, a los consagrados, a los seminaristas, a quienes viven tras los muros del hambre y la sed; viene, entre otros, a dejar entre nosotros la huella de una fe que levanta los ojos hacia el Padre, sin olvidar a ninguno de sus hijos.
El lema —Alzad la mirada— nos recuerda que solo levantando los ojos hacia Cristo somos capaces de descubrir que, incluso la cruz, guarda dentro una misteriosa alegría, una luz escondida que sostiene el latido de quienes, pese a todo, aman, confían y no se rinden.
Nadie se salva solo, pues la vida florece cuando se vive en comunión, abrazado a lo humano, especialmente a lo más pequeño y vulnerable. Que estos días, junto al Papa, elevemos nuestra gratitud hacia Dios, hasta dejar que su belleza atraviese nuestras pobrezas y ensanche nuestros corazones de barro. Que, junto a él, vivamos de rodillas ante el hermano, lavando —con cuidado y en silencio— el polvo de sus pies. Solo quien se atreve a tocar el corazón de Jesús es capaz de sostener, con un amor fiel, el cansancio sagrado del mundo.


