Fecha: 14 de junio de 2026
Estimados amigos y amigas:
Hay lugares donde el cielo parece inclinarse suave y delicadamente sobre la tierra; horizontes de plenitud donde el corazón vuelve a respirar en paz; rincones sagrados donde las lágrimas encuentran consuelo y donde la fe vuelve a encenderse en silencio. El Santuario de Lourdes es uno de esos lugares que se deja presentir en el silencio, en la luz humilde de las velas y en la mirada confiada de los peregrinos que acudimos al encuentro de nuestra querida Madre.
Del 25 al 29 de junio peregrinaremos juntos hasta la gruta bendita donde la Virgen María quiso manifestar su ternura infinita a santa Bernardita. También hoy sentimos que Ella vuelve a pronunciar nuestro nombre con la misma dulzura con la que llama a sus hijos enfermos, cansados o esperanzados. Peregrinar a Lourdes no es solamente visitar el santuario y adentrarse en el corazón de una Madre que no se cansa de esperarnos… Poner el alma en Lourdes es permitir que Dios nos salga al encuentro, que se deje ver en los ojos de los vulnerables, que nos hable en la voz de los enamorados; es caminar llevando en nuestro costado los nombres, las búsquedas y las gratitudes de cada día; es entrar con humildad en ese torrente de gracia que, desde hace tantos años, sostiene a millones de peregrinos.
Tal vez muchos sentís que necesitáis un descanso para el alma, otros deseáis dar gracias, pedir luz, confiar una enfermedad o, simplemente, volver a mirar de cerca a María. Lourdes siempre tiene sitio para quien llega con el corazón abierto; cada día deja una silla vacía al pie de su hogar para quien anhele confiarle la palabra que no se atreve a pronunciar; cada noche deja la puerta de su alcoba entreabierta como una madre que en silencio espera el regreso de sus hijos.
La Virgen no llama a los perfectos, a los inmaculados y a los puros, sino a los necesitados de esperanza. Por eso, Lourdes es el lugar donde uno descubre que nunca estuvo solo y que, en medio de la madrugada más oscura, había prendida una luz pronunciando su nombre con infinita ternura.
¡Animaos a caminar con nosotros! ¡Dejaos seducir por la mirada de María! Para que Ella salga a nuestro encuentro en el camino, pronuncie nuestro nombre y limpie el barro que llevamos en nuestros pies. Solamente así podremos descubrir, al volver de nuevo a casa, que lo que creíamos haber ido a buscar allí ya nos estaba esperando desde siempre en el corazón de Dios; como una presencia que no se extingue y como una casa interior donde el alma, por fin, descansa en el abrazo sereno de Aquel que siempre nos ha estado aguardando.


