Fecha: 14 de junio de 2026
Os hago una pequeña confesión —confesable—: en verano me gusta contemplar la luna. Su claridad no es suya, sino reflejo del astro gigante, el hermano sol. Los padres antiguos decían que la Iglesia tenía muchas similitudes con la luna, porque ella también refleja la luz de Aquel que es la luz del mundo, Jesucristo. La imagen simbólica es muy buena. Os invito a que os fijéis en la luna: es la misma que Jesús vio con sus propios ojos. Pues bien, la sabiduría popular utiliza un dicho que hoy quisiera hacer muy mío: «pedir la luna». Se dice, con esta expresión, de los hechos que son imposibles, inverosímiles, irrealizables. Esto tiene mucho que ver con la magnitud de la misión. Hay situaciones que nos superan, nos desbordan, nos descolocan. A pesar de todo, querríamos pedir y conseguir la luna.
Una de las realidades más vinculantes de la misión es, sin duda, forjar caminos de amistad. La amistad es algo que se vive. No hacen falta demasiadas justificaciones. Nos referimos a un amor incondicional. Y la manera más bella es amar sin poseer. Esto tiene mucho que ver con nuestro dicho. No todas las amistades son verdaderas, pero eso es harina de otro costal. Las motivaciones de la buena amistad son las que queremos sacar a la luz, porque en ellas se construyen los vínculos posibles para crecer en el Amor y, por tanto, en la comunión con Dios y con los hermanos. Hay amistades que se mueven y se construyen solo por un interés compartido; hay amistades que surgen por el simple hecho de compartir algún tipo de placer; y, finalmente, hay amistades que se apoyan en la práctica de la virtud, es decir, amar sin esperar. Esta última motivación es la que quisiera recuperar, la que deberíamos querer recuperar.
La amistad virtuosa, que no es nunca perfecta, también tiene elementos de utilidad y de placer. Una relación amistosa se va cociendo a fuego lento. Siempre lo he pensado de esta manera, y es que los hombres y las mujeres de hoy y de siempre no hemos sido, ni somos, muy virtuosos. Con todo, sigo soñando —como desde el primer día— que nuestra misión en Lleida sea capaz de generar lazos profundos de amistad evangélica. Este deseo tiene tres pilares innegociables. En primer lugar, hay que conocer y vivir la Palabra de Jesús; a continuación, es importante entrar en el propio mundo interior; y, finalmente, dejarse llevar por el Espíritu Santo. Evangelio, interioridad y Espíritu Santo son los referentes que nos permitirán descubrir eclesialmente la buena amistad. Estos tres pilares nos sostienen y nos unen eclesialmente.
Demos gracias a Dios por los amigos que nos han acercado más al sueño de la verdadera comunión. No somos seres llamados a la soledad. No estamos solos. Repito: no estamos solos. Todos estamos llamados a convertirnos en seres para los demás. Que nuestra manera de vivir sea expresión de la buena tarea de esparcir la semilla del evangelio, para que sean quienes vienen detrás de nosotros quienes recojan el gozo del buen fruto de la amistad, que es siempre buena compañera de camino. Es también lo que el papa León ha querido esparcir con sus palabras y sus gestos: semillas de amistad entre quienes nos reconocemos como diferentes. Muy diferentes. Suerte de la diferencia: solo así podremos hacer realidad el verbo «amar». Si todos fuéramos más o menos iguales, amarnos sería quedar encerrados en nuestro pequeño círculo. Este acento universal del Amor, que se tiñe de la experiencia de la amistad, es algo motivador y, a la vez, difícil, como si quisiéramos atrapar un imposible, es decir, «pedir la luna».


