Fecha: 21 de junio de 2026

El curso escolar se acaba. Muchas actividades cotidianas caen de los calendarios y empiezan otras nuevas. Todo tiene su proceso. La misión tiene, a veces, una cadencia que se acerca a la monotonía, a ese triste «ir tirando», a ese «ir pasando los días», y así se llega, tarde o temprano, a la grisura. ¿Cómo se puede romper este ritmo tedioso? La misión necesita, de vez en cuando, una chispa inesperada; por eso hago alusión a un dicho frecuente pero no fácil: «estar de atar» o, mejor en catalán «estar com un llum», . Esta expresión puede dar pie a interpretaciones diversas. No quiero referirme a la dificultad que plantea el campo de la enfermedad mental —amplio y doloroso—. Más bien quisiera fijarme en la importancia de ser luz, de ser interrogante, de ser referente en medio de la grisura.

Quiero compartir —no puedo evitarlo— el recuerdo de una residencia de enfermos mentales con la que colaboré pastoralmente. Recuerdo bien al personal —trabajadores procedentes básicamente de la inmigración—, al cuerpo de doctores y asistentes técnicos —los veía de vez en cuando— y, cómo no, a los residentes —hombres y mujeres que, más allá de sus historias personales, sabían quién los quería y quién no—. Fue una experiencia que no olvidaré; al contrario, doy gracias por ella. Los residentes me enseñaron a descubrir la humanidad que todos llevamos inscrita en el propio corazón, y que el paso del tiempo puede dañarnos y hacernos olvidar. Os hablo de aquella esencia de humanidad que quiere ser acogida y entregada sin estrategias, sin cálculos, sino con transparencia y honestidad. Pienso que no nos equivocamos si afirmamos que todo tipo de fragilidad mental tiene una luz de normalidad, y que toda aparente coherencia mental tiene, por el contrario, un rastro de debilidad o de histrionismo.

En este momento me gusta también recordar, con ternura y respeto, la trayectoria de la vida espiritual de nuestros hermanos de la ortodoxia. En su itinerario místico a lo largo de la historia aparecen tres figuras esenciales: el ermitaño, el monje y el loco. Este último es aquel que vive su relación con Dios, en medio de la ciudad, de una manera absoluta. Aquel que disfruta de la intimidad con Dios y que, de una manera desmesurada, vive inmerso en la oración, junto a sus contemporáneos.

Insisto. Una lectura realmente positiva de este dicho, «estar com un llum», debe encaminarnos a descubrir la frescura y la novedad del Evangelio, incluso la espontaneidad y la naturalidad con que los más pequeños, los niños, viven su fe. Fijaos bien en aquellos que no tienen las heridas ni el lastre de una historia marcada por el rechazo. Los más pequeños se convierten en los verdaderos maestros de la confianza. Aquellos que actúan con los ojos bien abiertos, con una sonrisa de oreja a oreja; aquellos que se maravillan por las cosas más sencillas de la vida.

El buen misionero es aquel que no pierde su mirada contemplativa, aquella que es propia del poeta, del niño, del loco. Me refiero a una mirada llena de esperanza, pero también a una mirada audaz, una mirada llena de creatividad. Me refiero a una creatividad pastoral deseada, que no pasa únicamente por las redes y la inteligencia artificial —tan llena de recursos—, sino por volver a nuestras raíces. El Evangelio es siempre novedad pura. Amar es revolucionario, creativo, poético. La propuesta de Jesús nos aboca a la alegría, vivida con desmesura allí donde estamos. «Estar com un llum» es estar siempre disponible para amar hasta el final, incluso cuando parezca que hemos perdido el juicio.