Fecha: 28 de junio de 2026
Para muchos el final de este mes de junio conlleva la finalización de muchas actividades. Durante este curso hemos superado retos, aprendido cosas nuevas y compartido experiencias. Y, después de meses de esfuerzo y trabajo, llega el momento de revisar lo que hemos vivido, los objetivos conseguidos, los errores a replantear.
En las parroquias, la catequesis y los diversos grupos han realizado sus encuentros de final de curso y ya está terminado todo el conjunto de actividades para el verano, campamentos, colonias, casales, cursillos, etc. A nivel escolar y universitario se empieza a disfrutar de las deseadas vacaciones, aunque para algunos será tiempo de recuperación de cara al nuevo curso. Es el momento también de dar gracias a Dios, sobre todo, y a todos aquellos con quienes hemos compartido durante ese tiempo y que nos han ayudado a crecer.
Pero hay que destacar que no todo el mundo puede disfrutar de esta agradable experiencia de unas vacaciones. Desgraciadamente no son pocas las familias que siguen sufriendo la precariedad en su situación económica, que no pueden llegar a fin de mes y, por supuesto, no pueden permitirse el lujo de ofrecer a sus hijos unas vacaciones de verano, un cambio de vida que les ayude en su crecimiento y en la vivencia de la fe compartida con otros niños, adolescentes y jóvenes.
Es de agradecer todo el esfuerzo que se hace desde las parroquias y otras instituciones diocesanas como Cáritas para mantener sus ayudas a muchas familias. Hay que valorar todos los proyectos solidarios de muchas instituciones eclesiales para ayudar en este sentido a tantas familias: las becas que se ofrecen desde las parroquias y Cáritas, las colectas económicas que se promueven en las comunidades, o los donativos que se incentivan con el fin de expresar el compromiso cristiano.
No es fácil paliar las situaciones de dificultad que sufren muchas familias y que, según los últimos informes publicados, no están decreciendo, sino al contrario, van incrementándose en un contexto de crisis económica y social estructural y ahora agravada por las guerras actuales presentes en el mundo. Pero sí que es verdad que los cristianos debemos aportar nuestro granito de arena para hacer más llevaderas estas situaciones, y en especial pensando en los más pequeños y jóvenes que reciben las consecuencias de lo que no tienen ninguna culpa.
Otra forma de colaborar y tomar conciencia de estas situaciones es aprovechar el verano para vivir la solidaridad a través del voluntariado, participando por ejemplo en campos de trabajo, ofreciendo tiempo para ayudar a las diversas instituciones eclesiales. Son oportunidades a nuestro alcance para crecer como hijos de Dios, hermanos los unos de los otros y, como nos ha dicho el Papa León XIV en su última Carta Encíclica, hacer realidad así “la magnífica humanidad que Dios ha creado” y “edificar la ciudad en la que Dios y la humanidad habitan juntos” (M.H nº1).


