Fecha: 28 de junio de 2026

A las puertas de la fiesta de san Pedro y san Pablo, todos tenemos todavía muy vivo el recuerdo de la visita del papa León XIV. Fueron días intensos. Damos gracias por ello. El mejor regalo de todos fue poder redescubrir la invitación a «alzar la mirada» y fijarnos en Jesucristo, que en la cruz expresa con toda su fuerza el valor de una vida entregada por Amor y con Amor.

En torno a esta visita, quisiera recuperar un dicho catalán muy escuchado en nuestras tertulias: «Pagant, sant Pere canta». Estoy convencido de ello: san Pedro cantaba; lo que no sé, ni sabemos, es si afinaba. Cantaba por el placer de cantar, por la alegría de celebrar, de alabar al Señor, de compartir la esperanza con los suyos, y también para expresar lo que una melodía puede llegar a decir de profundo e íntimo de uno mismo. Pero la cuestión a la que quiero referirme no es la música —hemos hecho alusión a ella en ocasiones anteriores—, sino la cuestión del dinero. Aquí nos funcionaría mejor el dicho castellano “Poderoso caballero es don dinero”. La misión necesita una economía sana.

El dinero es importante, sí, pero no lo es todo —advirtámoslo—. Es necesario porque así es como funciona nuestra vida, pero no puede ser la última palabra, el último criterio de aquello que proponemos. Hay que recordar que en este mundo nuestro puede existir una gestión económica humanizante, humanizada y humanizadora. La dignidad de la persona humana es indiscutible. Algunos dirán que peco de idealismo y que hay que tener los pies en la tierra. Cierto, pero no del todo. El equilibrio entre lo que aspiramos a ser y lo que somos es un ejercicio constante. Jesús sabía muy bien que los equilibrios en la vida son el pan de cada día. Así, sin ocultar nada, encargó a uno de los suyos que cuidara de la bolsa del dinero. El valor de un grupo o de una sola persona no puede medirse por la cantidad de monedas que se tienen. Además —Jesús se refería mucho a ello—, hay realidades que uno no puede comprar con dinero, aunque tuviera todo el del mundo.

Recuerdo aquella hermosa historia que leía cuando empecé a aprender a jugar al ajedrez. Un sabio sufí respondió al sultán que quería aprender a jugar que le enseñaría si colocaba en la primera casilla un grano de trigo; dos en la segunda; cuatro en la tercera; ocho en la cuarta… La progresión exponencial llegaba a una cifra inalcanzable. Pues bien, esta es la reflexión que nos ofrece el dicho de hoy. «¿Qué valor otorgo al dinero?», «¿Cómo lo empleo?», «¿A qué lo dedico?». El dinero es insaciable y puede llegar a dominarnos por completo.

Deberíamos enderezar nuestros criterios con aquella fórmula contemporánea: «menos es más». La austeridad vivida saludablemente tiene su propio valor. Admitámoslo. Esto, en el campo de la misión, nos ayuda a pensar cuáles son las realidades que debemos cuidar para seguir cumpliendo la voluntad de Dios. Que san Pedro cante o no cante no es la cuestión. Nosotros somos quienes debemos aprender a gestionar —con honradez, obviamente— la economía de la que disponemos. No podemos ni queremos ser nunca de aquellos que, en esta administración, olvidan a los más necesitados. La felicidad no se mide por tener los bolsillos llenos y los platos de la mesa bien colmados. Hemos descubierto, por experiencia, la alegría de compartir. Hace más feliz dar que recibir. Este deseo de ofrecer lo que tenemos debe encontrar su equilibrio. No queremos ser nunca de aquellos que, en nuestra misión, vivan poniendo su corazón en las balanzas y relegando a las personas a un segundo plano.

La riqueza se descubre por el camino de la pobreza. Jesucristo, que era rico, se hizo nada para enriquecernos a todos. Este es el verdadero salario que queremos recibir: el Amor de Cristo.