Fecha: 19 de julio de 2026

Estimados amigos y amigas:

Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Estas palabras de san Agustín de Hipona suponen el renacer de toda búsqueda humana, de todo anhelo que habita el corazón del hombre, de toda historia de amor con Dios. Y, con ellas, deseo comenzar esta glosa que se dirige a cada uno de vosotros, como una invitación sencilla y honda para vivir este tiempo de verano.

El periodo estival no sólo nos recuerda la necesidad de reposar del trabajo, sino que nos invita a descansar del ruido, de la prisa, del estrés, del compromiso, del tiempo… Y, sobre todo, nos invita a descansar en Alguien, en Aquel que nos espera al otro lado del susurro.

Cada verano, algo se despierta también en lo profundo del corazón: esa memoria del pasado, casi sagrada, que nos devuelve a la infancia, a ese tiempo que fue cincelando lo que ahora somos, a esas personas que fueron sacramento de lo cotidiano, presencias humildes que Dios utilizó para escribir nuestra historia. ¿Quién no recuerda a ese amigo o a esa amiga que le acompañó en los días de verano, ese compañero inseparable de aventuras, de risas y de sueños compartidos? Esas personas con quienes el tiempo parecía detenerse en la plaza del pueblo, en la playa, en las calles o en cualquier rincón donde la vida se hacía juego, alegría y promesa, y todo era sencillo, intenso y eterno a la vez.

El verano no es un cambio más de estación, es una memoria más profunda: como si el alma, silenciosamente, reconociera un tiempo esperado que no morirá jamás. Las vacaciones con nuestros padres, aquellos días interminables que parecían no tener final, los juegos con los amigos, los campamentos de la parroquia, las conversaciones bajo las estrellas, el descubrimiento de la amistad, quizá incluso aquel primer amor que nos enseñó que el corazón era capaz de soñar… Todos estos recuerdos sencillos inmortalizan una fotografía inolvidable, sin olvidar jamás que la vida está hecha para contemplar.

Vivimos atrapados por las responsabilidades, por agendas cada vez más llenas y corazones cada vez más cansados. Acumulamos tareas, compromisos y preocupaciones, pero con frecuencia olvidamos detenernos. Y por eso el verano es un regalo, porque nos concede la posibilidad de recuperar el tiempo para lo verdaderamente importante, como es el tiempo con Dios. La vida espiritual no consiste en hacer muchas cosas para Él, sino en aprender a permanecer en su abrazo. Por tanto, aprovechemos este tiempo para descansar en su amor. Dios mismo, después de la Creación, contempló la obra de sus manos: no porque estuviera agotado, sino porque el amor verdadero necesita detenerse para admirar la belleza que ha nacido de él.