Fecha 19 de julio de 2026
Hay expresiones que suenan a sentido común. “Prioridad nacional” es una de ellas. ¿Quién no quiere cuidar a los de casa? ¿Quién no quiere que los recursos públicos sean justos, ordenados y bien administrados? Pero precisamente por eso hay que mirar más allá del titular. Porque detrás de algunas palabras puede esconderse una frontera moral: primero “los nuestros” y después, si sobra, los demás. La “prioridad nacional” cambia la pregunta cristiana “¿quién es mi hermano?” por otra mucho más peligrosa: “¿quién es de los míos?”.
La doctrina social de la Iglesia nunca niega la responsabilidad de los gobernantes hacia sus ciudadanos. Gobernar es servir al bien común real, especialmente de los más vulnerables. Pero el bien común deja de ser común cuando excluye previamente a alguien por su origen, pasaporte o situación administrativa. La dignidad no se reparte por orden de llegada. Los derechos fundamentales no son un premio a la pertenencia. Y la caridad cristiana no pregunta primero de dónde vienes, sino qué herida llevas.
León XIV en Canarias lo dijo con claridad: “la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. También nos advertía de que el Evangelio nos sitúa ante el otro como hermano. Es realmente exigente.
El gran peligro es convertir la pobreza en una competición entre precarizados. Como dice el informe FOESSA 2026, eso no resuelve la pobreza, sino que la “redistribuye en forma de culpabilización”; cambia la pregunta “¿qué falla en el sistema?” por “¿quién molesta?”.
Aquí está la trampa: se hace creer a una persona con salario precario, alquiler imposible o lista de espera sanitaria que su adversario es el migrante pobre y no un sistema que concentra riqueza, debilita los servicios públicos y tolera la vivienda especulativa y la precariedad laboral. Dejemos de dividirnos entre “autóctonos” y “extranjeros” y cuestionemos las estructuras que producen pobreza y concentración de la riqueza en unos pocos.
La prioridad cristiana es evangélica. Primero la dignidad humana y el bien común, que no es el bien de una tribu ni de un grupo primero y luego de los demás, sino la organización justa de la vida social para que toda persona pueda desarrollarse según su dignidad.


