Fecha: 26 de julio de 2026

Si la semana pasada sosteníamos y argumentábamos que la misión era un proyecto abierto y, por tanto, siempre inacabado, porque tiende a la comunión, que es siempre don de Dios, hoy quisiera lanzar un grito gozoso de alegría por todo lo que hemos vivido y compartido en este primer curso, y por todo lo que está por llegar, que es muy grande. Solo hemos recorrido un tramo del camino. Hemos calentado motores. Hoy, pues, me remito a un dicho lleno de entusiasmo: «Hay más días que longanizas». Los días son buenos, y las longanizas también. Me explico un poco más.

Quien más quien menos ve que la diócesis tiene pobrezas y limitaciones. Es una obviedad. Pero también nos damos cuenta de que estamos viviendo momentos inequívocamente propios del Reino, llenos de intensidad.

Identificamos con realismo nuestras fragilidades y, gracias a ello, nos descubrimos capaces de situar a Dios con aún mayor claridad en el centro de la misión diocesana. Lo repito, por si no lo había dicho con suficiente claridad: «Felices, pues, los que reconocen su pequeñez».

Quiero destacar las numerosas cualidades, talentos, virtudes y oportunidades que Dios nos concede a cada uno de nosotros. Fijaos en ello. El mismo Espíritu Santo llena nuestros corazones de fuerza para ponernos al servicio de los demás. Si tan solo pudiéramos tener una experiencia cotidiana del Espíritu Santo, que es Amor, nos daríamos cuenta de la grandeza del proyecto que Dios ha soñado para nosotros.

No seamos, ni hoy ni nunca, de los que viven la misión desde la óptica de la ansiedad, de la rutina o del lamento por la aridez pastoral, por la escasez de resultados o por las dificultades y resistencias que detectamos en nuestro presente. Todos tenemos que convertirnos. La cosecha es abundante, y tenemos muchas oportunidades para darnos cuenta de ello. Una de las grandes contribuciones que podemos hacer a las nuevas generaciones es hacerles ver que ellas también pueden realizar grandes aportaciones a la pastoral y disfrutar de la misión, incluso cuando esta se encuentre a contracorriente. La lectura de la realidad es exigente para todos. Con todo, hay que decir que a la comunión, a la civilización del Amor, a la integración social y a la fraternidad vamos llegando paulatinamente. Tengamos la fuerza y la paciencia de los pequeños, es decir, de los que confían.

La revolución digital querrá hacernos creer que todo es más sencillo y más inmediato. Es una de sus armas: hacernos creer que se pueden acortar los tiempos. Con todo, la misión de anunciar el Reino de Dios y hacerlo presente en medio de nosotros debe ser muy realista y, por ello, es necesario respetar el misterio de la libertad que Dios ha depositado en cada uno de nosotros y que no puede ser suprimido. La misión, por tanto, debe ayudar a hacer madurar a nuestra persona, para que sea más consciente de su origen en Dios. La misión que ayuda a percibir las numerosas cualidades, capacidades y oportunidades de las personas es más que óptima.

Habrá que ser muy insistentes —como hemos dicho— para que nadie olvide su pequeñez. Quienes recuerdan que son pequeños se convierten en grandes referentes para sus contemporáneos. Y si es bien cierto que los escenarios por los que transcurre nuestra vida son muy diversos y, al mismo tiempo, muy oportunos para construir y reconstruir la alegría de vivir según la voluntad de Dios, tendremos que decir que son muy buenas las longanizas, como lo son los días que tenemos por delante.

Pidamos, pues, a Dios poder compartir la misión entre todos los agentes de pastoral de la diócesis. Que podamos descubrirnos profundamente amados por Dios, es decir, acompañados e impulsados a ser humildes y firmes testigos de la esperanza de un Reino en el que la justicia, el Amor y la bondad de Dios son una realidad.