Fecha: 2 de agosto de 2026

Estimado amigo y amiga:

Me dirijo a ti, para compartir contigo las raíces que edificaron cada pedacito de mi historia. A ti, que tal vez regresas estos días a la tierra que guarda los primeros capítulos de tu existencia. A ti, que vas a respirar, quizá, el aroma de la casa familiar, el olor de los campos al amanecer, el perfume de las comidas compartidas, la fragancia humilde de una vida tejida de encuentros sencillos, fraternales y verdaderos.

Recuerdo, con especial devoción, aquellas tardes de infancia en las que mi abuela se sentaba junto a mí con el rosario entre las manos. Con infinita paciencia me enseñaba el significado de cada misterio, de cada cuenta, de cada oración. Yo apenas comprendía aquellas palabras repetidas, pero intuía que detrás de aquella devoción se escondía algo sagrado. Sus dedos desgastados por el trabajo recorrían las cuentas mientras me introducían, sin que yo lo supiera, en el misterio de Dios, en la ternura de María y en la fe sencilla de los pequeños.

Esa herencia invisible me regala la certeza de que Dios habita en las cosas sencillas, en la memoria agradecida y en la fidelidad cotidiana de quienes aman. Quizá por eso, cuando llega el verano y regresas a las calles donde aprendiste a caminar, a las plazas donde jugabas de niño y a la casa donde escuchaste por primera vez tu nombre, pienso que volver a las raíces es mucho más que regresar a un lugar. Es volver a una historia inolvidable, es regresar al manantial del que brota tu vida. En esa vuelta hay algo profundamente evangélico que habla de una familia que se espera, que se cuida, que se recuerda, pase lo que pase. La Sagrada Escritura revela que «donde está tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,21). Y nuestro mayor tesoro se esconde en esos lugares pequeños donde aprendimos a amar, a compartir, a rezar.

Retornar al pueblo es, de alguna manera, retornar a la escuela de la sencillez. Es reencontrarse con el ritmo pausado de las campanas antes de la Misa, con la procesión que atraviesa las calles al caer la tarde, con la romería que reúne generaciones enteras, con la rogativa pronunciada por unos labios que han conocido la sequía, el hambre y la esperanza. En esos gestos humildes habita una sabiduría espiritual acumulada durante siglos: quien vuelve al origen, vuelve al lugar donde Dios comenzó a escribir su historia. Que estos días puedas escuchar de nuevo su voz, llamándote por tu nombre, como la primera vez. Porque hay caminos que solo se comprenden al regresar, y raíces que, hundidas en la tierra de la infancia, siguen alimentando en silencio el árbol entero de nuestra vida.