Fecha: 13 de septiembre de 2026
Podemos imaginarnos la cara de sorpresa de Pedro cuando Jesús, respondiendo a su pregunta, pide a sus seguidores que perdonen a los hermanos «setenta veces siete». Pedro ya había sido bastante generoso al proponer hacerlo siete veces, un número que en la simbología bíblica indica plenitud (Mt 18,21-22). Está claro que el Maestro de Nazaret no pretende que nos pongamos a contar cuál es el límite de nuestro perdón. Más bien, lo que quiere enseñarnos es que, en su Reino, el perdón es una de las actitudes fundamentales. El número simbólico de setenta, siete por diez, ya significa plenitud desbordante, pero multiplicarlo todavía por siete lo convierte en algo ilimitado, inimaginable. Es decir, los cristianos no tenemos nunca excusa alguna para dejar de perdonar.
Jesús sabe que esta experiencia resulta difícil para la mentalidad mundana, tan acostumbrada al resentimiento e, incluso, a la venganza. Por eso se le ocurre ilustrar su enseñanza con una parábola, ese género literario que siempre se convierte en interpelación cuando se escucha atentamente. Resulta que un súbdito ha contraído una deuda de diez mil talentos con su señor. Atrevido era el hombre, porque la cantidad es desorbitada —un talento equivalía a más de 21 kilos de plata—, y deberla a un rey ya presagia malos augurios. No cuesta comprender aquí la metáfora, porque Jesús ha comenzado la parábola hablando del Reino de los cielos. Así pues, el rey representa a Dios, y el súbdito, a cualquier hombre sincero que es consciente de sus faltas y de sus debilidades.
Cabría esperar que el rey se enfadara enormemente e impusiera como castigo vender al hombre y a su familia como esclavos. Sería lo más lógico. ¿Por qué no lo hace? Aparece aquí una actitud que debía de ser poco habitual en los reyes de la época, pero que es constante en el Rey de los cielos: la compasión. Una compasión tan profunda que ni siquiera le amplía el plazo de pago, sino que sencillamente rompe la factura, la anula, como si nunca hubiera ocurrido nada.
Jesús no podía haber encontrado una imagen mejor para mostrar el rostro misericordioso del Padre, un rostro que el Antiguo Testamento ya había desarrollado ampliamente. Los evangelios nos hablan siempre de una gracia generosa e inmerecida, que debería conducir, de manera lógica, al agradecimiento y a la alegría. Pero el Maestro no ha terminado su catequesis. El perdón no puede ser solamente un atributo de Dios, sino que debe trasladarse al corazón de cada persona. Las ofensas, los rencores y las discordias que pueden existir en toda relación humana amenazan gravemente la armonía y la comunión fraternas. Y aquí es donde se quiere llegar.
Jesús subraya expresamente el contraste entre los dos personajes y lo hace mediante la exagerada desproporción de las cantidades adeudadas. ¿Cómo puede ser que el rey, a quien se debe tanto, se compadezca del inferior, mientras que el otro, a quien se le debe poco, se irrita contra uno de sus hermanos? En conclusión, el perdón no es algo que podamos elegir. Es consecuencia natural de haber aceptado humildemente el perdón de Dios y de saber que la fraternidad está por encima de cualquier posible deuda.
Vuestro,


