Fecha: 13 de septiembre de 2026
El próximo lunes celebraremos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Este día, los cristianos recordamos que Dios nos ama tanto que, para salvarnos, envió a su Hijo que murió por nosotros en la Cruz. Jesucristo dio su vida por nosotros para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna (cf. Jn 3,15).
La cruz, como leemos en la liturgia bautismal, es la “señal de Cristo Salvador”, del amor de Dios por cada uno de nosotros. Dios Padre permitió la tortura y crucifixión de su Hijo porque sabía que de ese acto de inmenso amor obtendría un bien mayor.
La cruz es un símbolo bien conocido en nuestra sociedad. Estoy seguro de que muchos de vosotros habréis visto a deportistas que se santiguan antes de entrar en el campo de juego. De hecho, el entrenador de la selección española de fútbol y alguno de sus jugadores han reconocido ante los medios de comunicación que tener fe les ha ayudado ante las dificultades.
Los cristianos tenemos muy presente durante toda nuestra vida el símbolo de la cruz. Nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte. Así, por ejemplo, en el ritual del sacramento del Bautismo, el celebrante hace una cruz en la frente al que va a ser bautizado. También la recibimos en el sacramento de la unción, cuando necesitamos que Dios nos dé fuerzas para sobrellevar las enfermedades con paz y ánimo.
Esta fiesta puede ser una buena ocasión para recordar algunos momentos especiales en que los cristianos solemos hacer este gesto. Así, santiguándonos, agradecemos a Dios el nuevo día que comienza al iniciar la oración matinal. También nos santiguamos cuando iniciamos la Eucaristía y, justo antes de proclamar el texto del Evangelio, el celebrante hace una cruz sobre el libro. Después, toda la asamblea hace tres pequeñas cruces: una en la frente, otra en los labios y la última en el pecho. Nos ponemos en la presencia de Dios y le pedimos que su Palabra, que vamos a leer y a escuchar, penetre en nuestra mente y atraviese nuestro corazón; le pedimos que seamos capaces de anunciarla con pasión a nuestros hermanos.
La entrega por amor de Jesús en la Cruz nos muestra el amor inmenso de Dios por toda la humanidad. Simboliza la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La muerte no es el final, sino un paso del viaje hacia la eternidad. Morimos, pero resucitaremos. Jesús, que es el camino, la verdad y la vida, nos recuerda que el camino para alcanzar la vida plena pasa, necesariamente, por el misterio de la Cruz. Esto es lo que expresa un himno compuesto en el siglo VI por Venancio Fortunato, obispo de Poitiers: “O Crux, ave, spes unica”, (salve, oh Cruz, única esperanza).
Queridos hermanos y hermanas, pidamos a Dios que nos enseñe a seguir a Jesús durante el camino de la vida y ante las dificultades que se nos presenten. Mientras podamos, seamos como Simón de Cirene, que ayudó a Jesús a llevar la cruz de camino al Calvario. Ayudemos también a nuestros hermanos más vulnerables a hacerles la vida más llevadera, a aliviar con amor el peso de su cruz.


