Fecha: 13 de septiembre de 2026
Estimados amigos y amigas:
Después del verano, la tentación más habitual es pensar en programas, fechas y tareas interminables. Este mes de septiembre llega cargado de agendas, horarios, reuniones, proyectos y nuevos retos. Poco a poco, las aulas vuelven a llenarse de vida, las parroquias recuperan su ritmo habitual y las comunidades retoman sus actividades. Vuelve la vida ordinaria y el trabajo de cada día. Sin embargo, antes de preguntarnos qué vamos a hacer o cómo vamos a organizar la mochila para este nuevo curso, hemos de preguntarnos quién nos llama y para qué.
El seguimiento de Cristo no comienza con una tarea, sino con una voz: una llamada personal y única que, desde lo más profundo, atraviesa los muros del corazón y despierta por entero la vida. Por eso, el inicio de una nueva andadura pastoral es, sobre todo, un tiempo de escucha, introspección y discernimiento. ¿Qué quiere Dios de ti? ¿Cuál es su deseo para este nuevo comienzo? ¿Qué aspectos de tu vida necesita iluminar con su gracia?
Tal vez, podemos comenzar reconociendo los dones que Él nos ha confiado para, después, preguntarnos a quién nos envía en este tiempo concreto de nuestra vida, qué rostros reclaman hoy nuestra atención para que los amemos y acompañemos, y qué sueños quiere sembrar Dios en nuestros corazones.
Transparentar el amor de Cristo en medio del mundo es el horizonte hacia el que nos conduce hoy su Espíritu. Por eso, a lo largo de este curso pastoral y escolar, esa voz de Dios ha de acompañar cada uno de nuestros pasos: así resonará en las decisiones que tomemos, se hará presente en los encuentros que se nos regalen y nos sostendrá en los días luminosos y en las horas de prueba.
Comencemos, pues, este nuevo itinerario con la confianza de quien sabe que no camina solo. Allí donde nos encontremos, en la sencillez de cada jornada y de cada acontecimiento, el Señor nos precede, nos acompaña y nos espera. Que su voz sea la melodía que sostenga nuestros pasos; que, al final del camino, podamos descubrir que Él ha hecho fecundo mucho más de lo que habíamos imaginado y que, en medio de las alegrías y los desafíos que nos esperan, no dejemos de escuchar esa voz que nos llamó un día por nuestro nombre. Porque quien confía en el Padre nunca camina a la deriva; porque su ternura fiel sigue conduciéndonos, con paciencia y amor, hacia la plenitud de la vida. Y a ti, ¿hacia dónde te conduce la voz de Dios? Quizá la respuesta ya habita en tu corazón.


