Fecha: 20 de septiembre de 2026
¿Quién puede considerarse «buen lector»? Afirmarlo, sin más, es arriesgado. No creo que nos refiramos únicamente a la cantidad de libros que podemos llegar a hacer nuestros, sino a la capacidad de comprender aquello que hemos leído. Una Iglesia bienaventurada es, y debe ser, una buena lectora. Es decir, debe tener esa capacidad de interpretar debidamente el misterio de la vida que tiene ante sí. Jesús, fundador y fundamento de la Iglesia, es quien nos enseña a leer el gran libro que solo podía haber escrito Dios: la vida. Él mismo envió a su propio Hijo para ayudarnos en el aprendizaje de desarrollar la capacidad de fijarnos en los detalles relevantes. Así se forman los buenos lectores. En la sinagoga de Cafarnaúm, Él fue quien tomó el libro del profeta Isaías y comenzó a leer en voz alta: «El Espíritu del Señor reposa sobre mí»; después cerró el volumen y dijo: «Hoy se cumple lo que acabáis de escuchar».
Las acciones de Jesús son decisivas para entender qué debe ser y qué debe hacer la Iglesia. Ella, como Jesús, no puede olvidar nunca que la realidad es más importante que las ideas. La lectura es una aproximación al misterio de la vida. La Iglesia está llamada a realizar este ejercicio de manera cotidiana y a hacerlo bien. La Iglesia necesita tener bien abiertos los oídos y también los ojos. La realidad tiene su propia narración y es necesario disponer de tiempo para consolidar una buena lectura.
Hay que recordar que quien lee es quien interpreta. Por eso, cualquier lectura parte de un contexto, de una trayectoria, de unas opciones determinadas. La lectura no es neutra; siempre tiene unos antecedentes. Al mismo tiempo, sabemos que el mejor texto de todos, es decir, la historia de la humanidad, nunca nos deja indiferentes. Hoy, todo habla y todo genera un ejercicio de interpretación nada fácil.
La Iglesia, además, sabemos que genera sus propios textos. Se necesita habilidad y paciencia para escribirlos y leerlos. Se trata de un ejercicio de comprensión que ayuda a crecer. Así, santa Teresa de Jesús pedía a sus hermanas de comunidad que aprendieran a leer y que lo hicieran no para caer en la vanidad de la erudición, sino para alimentar el alma. Quien lee y realiza el ejercicio de comprender entra, por sus propios medios, en nuevos mundos, llenos de sugerencias que pueden consolidar la vida, la fe y la esperanza.
Un libro, y la vida aún más, nos ofrece la posibilidad de entrar dentro de nosotros mismos. Las palabras, como las personas y las situaciones, son invitaciones constantes a crecer. Una buena lectura nos ayudará a crecer en el camino de la libertad, porque permitirá a la Iglesia ser una realidad viva y no una pieza de museo de la antigüedad. Debemos valorar muy positivamente el ejercicio de la lectura para superar la presión abrumadora de la imagen. La Iglesia no puede vivir únicamente de la imagen que quiere transmitir, sino de su propia identidad, que quiere comprender cada vez más y comunicar mejor.
La Iglesia de las bienaventuranzas debe ser «buena lectora», es decir, necesita ejercitarse en la comprensión del libro de la vida y poder, poco a poco, ampliar el sueño de Dios para toda la humanidad. En el transcurso de esta práctica podrá discernir con mayor claridad dónde se encuentra y dónde crece el Reino de Dios. Es a partir de la lectura como la Iglesia podrá comprenderse mejor a sí misma y alejará las tentaciones de quedarse aislada y encerrada en sus miedos, dudas y ambigüedades.


