Fecha: 27 de septiembre de 2026

La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado nos sitúa ante los menores migrantes. Un tema que no puede ser más actual. El papa León XIV recuerda que «los menores son los más vulnerables dentro de los flujos migratorios» y añade que «son rostros concretos, historias únicas, que apelan a nuestra conciencia». Han huido de guerras, pobreza, violencia y desastres ambientales. Algunos viajan solos; otros han perdido a sus padres o han sufrido explotación, la trata o el trauma de rutas inhumanas. No son una amenaza. Son niños.

El Papa nos pide mirar a cada uno en su dignidad como menor «aún antes que en su condición de “migrante”». Antes que expediente son una vida, antes que un problema administrativo, son alguien que necesita protección, límites, educación, oportunidades y referentes adultos. Cierto es que deberían encontrarlos en su país de origen; pero mientras estén entre nosotros, la ley civil y la doctrina social de la Iglesia nos dicen que los deberían encontrar aquí.

León XIV nos interpela diciendo: «no es una cuestión de cifras ni de estadísticas. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo». Por eso reclama a los estados: cooperación para el desarrollo de los países de origen, vías ordenadas, legales y seguras, reunificación familiar cuando sea posible y la acogida y protección del interés superior del menor como criterio central. Y por eso apela a nuestras conciencias.

No debemos elegir entre nuestra seguridad y la dignidad de los menores. Hemos de defender ambas con inteligencia, inversiones y más justicia social. Ni buenismo que oculte los problemas ni miedo que condene a inocentes. Ni vecinos abandonados ni menores abandonados.

Inspirándonos en aquella internacional de la caridad tejida por los santos y santas de la época de la revolución industrial que protegió y ofreció futuro a miles de menores abandonados en las calles de las ciudades del s. XIX, volvamos a la radicalidad de la santidad. A esto nos convoca el Papa: “Es necesario animar a las comunidades cristianas a integrar y valorar a los refugiados e inmigrantes como miembros de pleno derecho de la familia eclesial, promoviendo nuevos itinerarios educativos y espirituales, incluso personalizados, que superen la lógica del puro asistencialismo”.