Fecha: 4 de octubre de 2026
Queridos amigos y amigas:
El próximo día 7 de octubre celebramos a la Virgen del Rosario, una hermosa oportunidad para volver a descubrir que nunca estamos solos cuando rezamos. Con los ojos fijos en santo Domingo de Guzmán, recordamos cómo la Virgen María puso en sus manos el Santo Rosario, enseñándole a rezarlo y encomendándole que lo diese a conocer como si fuese el último beso de una madre sobre la vida que se apaga.
El fundador de la Orden de Predicadores (Dominicos), que había pedido a la Madre de Dios ayuda para combatir la herejía que tanto daño estaba causando en su tiempo, recibió de María una respuesta que atravesaría los siglos: la oración. Así, de generación en generación, esta plegaria fue convirtiéndose en una de las formas más bellas de acercarnos a Dios de la mano de María. Ella nos presta sus ojos para mirar a Jesús, su corazón para acogerlo, su ternura para cuidarlo, su silencio para contemplarlo y su fe para confiar.
Misterio tras misterio, mientras nuestras manos acarician lentamente las cuentas del Rosario, recorremos la vida de Jesús: su nacimiento, su predicación, su entrega, su Pasión, su Muerte y su Resurrección. Porque rezar no es solamente un diálogo profundo con Dios; es también quedarse junto a Él cuando se oculta, cuando no entendemos el sentido de su latir, cuando guarda silencio para que aprendamos a confiar sin ver, sin tocar, sin sentir.
María permaneció con Jesús cuando todo era alegría y cuando sólo cabía en su pecho un insoportable dolor. Ella conoció el gozo de Belén y el llanto del Gólgota, la alegría de tenerle entre sus brazos y el desgarro de verle clavado en la cruz, el júbilo de la Pascua y el silencio de la espera junto al sepulcro. Por eso, cuando lo rezamos en medio de nuestras propias noches, Ella se abre paso entre la niebla de nuestra incertidumbre para que la vida nos duela un poco menos. Es una compañía, es un refugio, es aprender a caminar por la vida sintiendo sobre nuestros hombros el manto de la Madre.
No hay un solo recuerdo de mi vida donde no vea reflejado el Rosario en los ojos de la debilidad. Esta oración ha encontrado siempre un lugar allí donde vivir se vuelve más frágil: se reza en las habitaciones de los hospitales, junto a una cama, en una capilla, en una celda, en medio de la montaña, en un cementerio, en una familia reunida alrededor de alguien que sufre… Se reza cuando nace un hijo y cuando alguien se marcha; cuando tenemos motivos para dar gracias y cuando apenas encontramos fuerzas para luchar; en la alegría y en la tristeza, en la esperanza y en la desesperanza, en la salud y en la enfermedad, en la vida y ante la muerte. Virgen del Rosario y Madre nuestra: enséñanos a mirar a Jesús con tus mismos ojos y que un día, cuando llegue nuestra última hora, podamos seguir aferrados a esa dulce cadena que tantas veces sostuvo nuestra fe.


