Fecha: 4 de octubre de 2026

Es un hecho: los programas televisivos de cocina se han puesto de moda. Desconozco los motivos. Es bien cierto que la manera de entender las comidas tiene mucho que ver con la manera de afrontar la vida cotidiana –al menos en esta parte del planeta en la que nos encontramos–. Los platos más suculentos, y también los más caseros, necesitan una preparación. Cada ingrediente es único, importante. Los grandes cocineros –perdonad mi ignorancia– son auténticos sabios que observan la creación y todo aquello que Dios nos da a través de ella, para afirmar y defender que todos los productos comestibles son maravillosos. Lo más impresionante son las combinaciones que pueden llegar a hacer. Algunas composiciones gastronómicas están llenas de sabores, texturas e ingredientes sorprendentes. Con todo, se trata de platos que saben encontrar un equilibrio, es decir, una combinación óptima para ser degustados y disfrutados.

Cuando trasladamos esto al mundo eclesial, debemos afirmar, con todas las letras, la dignidad de toda persona y, aún más, el altísimo valor de los derechos humanos. La Iglesia no se muestra ni confusa ni ajena al interés por sostener, acompañar y facilitar que dentro de ella todos sean respetados, acogidos y profundamente amados. Más aún, el hecho de reconocer el valor de cada persona, por lo que es y no por lo que tiene, sencillamente porque ha sido querida por Dios desde siempre, comporta que constantemente la Iglesia cocine, es decir, configure de manera óptima formas de vida que favorezcan el bien común y la convivencia pacífica. Los planteamientos de una Iglesia feliz apuntan a la elaboración de decisiones económicas y políticas que permitan más y mejor la amistad social, la fraternidad universal. A la hora de la verdad, no es algo fácil, lo sabemos bien. La distancia entre lo que decimos, lo que queremos y lo que hacemos siempre existe, en mayor o menor medida. Las diferencias de ingredientes –de personas– no perjudican, sin embargo, la posibilidad de encontrar un consenso real; simplemente hacen que el proceso de cocción sea más elaborado. Una Iglesia feliz es la Iglesia que cocina, es decir, que armoniza a todas las personas en una sola comunión con Dios, sin excluir nunca a nadie, sin edulcorar ni menoscabar jamás la libertad de ningún miembro.

No encontramos en los evangelios a un Jesús que cocine, gastronómicamente hablando. Sí nos damos cuenta, en cambio, de un Jesús que se sienta a la mesa con todos, sean quienes sean. Alrededor de la mesa se genera la fraternidad, la relación, el compartir más sencillo y cotidiano. Se habla de todo, del cielo y de la tierra, de las cosas más sencillas y casi de las más profundas. Jesús no es ajeno a la cultura de la mesa, que es la cultura de la fraternidad. Recordamos fácilmente la última cena de Jesús con sus discípulos, pero también la comida con Zaqueo y las veces en que sus discípulos tienen que alimentarse de lo que pueden recoger del campo en sábado.

Para nosotros, de entre todas las comidas, la que verdaderamente anhelamos es la de la Eucaristía. Allí Jesús se hace alimento para nosotros. San Agustín animaba a sus contemporáneos a ser verdaderamente aquello que comían, «pan partido» para los demás. La Eucaristía hace la Iglesia –continuaba san Agustín–, y la Iglesia hace la Eucaristía. Que sea, pues, la comida fraterna de Jesús, «fuente y culmen» de la vida cristiana, de la Iglesia santa y feliz que Dios sueña. Es en la misma liturgia donde quien preside reconoce la felicidad de quienes participan: «Felices los invitados a la mesa del Señor». Estos somos nosotros, quienes, domingo tras domingo, recibimos al mismo Jesús, nos alimentamos de Él y proseguimos nuestro camino hacia la plenitud, hacia la felicidad. Buen provecho.