Fecha: 11 de octubre de 2026

La propuesta benedictina «ora et labora» fue acogida con cierta rapidez. Se entendía, y entendemos también hoy, que una vida feliz, y por tanto con sentido, se sustenta en actividades transformadoras como la oración y el trabajo. San Benito otorgó un motivo profundo a la actividad del hombre, no para entender la vida como un castigo, sino como un camino de realización personal y, posteriormente, de crecimiento comunitario. Al amparo de este pensamiento, poco antes, durante y después del Concilio Vaticano II, surgieron diversos teólogos que reflexionaron sobre la cuestión laboral. La Doctrina Social de la Iglesia sostiene que el trabajo es del todo adecuado y necesario para las personas, pero no bajo cualquier modalidad. Una Iglesia feliz propone el camino del Evangelio y, por tanto, entiende que el trabajo no puede herir ni perjudicar en ningún momento la dignidad de la persona humana, ni tampoco el acercamiento al bien común, que es siempre el bien de toda persona y de todas las personas.

Cabe decir que, junto a la reflexión, también aparecieron otras experiencias espirituales de sacerdotes y religiosos que quisieron identificarse con el mundo laboral. No sin dificultades. Cada caso es un mundo. Una de las más conocidas es la experiencia de los «sacerdotes obreros» en Francia. Ellos fueron la expresión —no la única— de una espiritualidad que subrayaba con mucha insistencia el hecho de la encarnación. Así como Jesús concreta su presencia en un lugar muy específico, asumiendo una realidad determinada, así también el cristiano debe ser el primero en aceptar su realidad y dar la vida en su «Galilea cotidiana». Esta propuesta favorece el crecimiento de una cuidada sensibilidad social dentro de la Iglesia. He aquí su felicidad, nuestra felicidad: sintonizar con quienes trabajan y apoyar a capa y espada —perdonad la imagen— a quienes no trabajan y a quienes reclaman un trabajo digno. A modo de pregunta genérica, para motivar una buena reflexión, diríamos: «En un mundo dominado por la agresividad de la economía, ¿no sería necesario poner un punto de atención, de reflexión y de sensatez en el respeto hacia las personas?». Pensemos en ello.

Jesús trabajó. Lo sabemos y lo cantamos en alguna ocasión: «Era el carpintero y era el amigo. Con las manos ha trabajado, como haces tú y como hago yo. Sabe lo que es ganarse el pan con el sudor». Todo procede del texto de Juan: «Mi Padre sigue trabajando, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Una Iglesia feliz trata de trabajar por el bien de todos. El trabajo es camino de sentido, de crecimiento y de esperanza. La Iglesia debe favorecer que todo trabajo sea dignificante y que todo trabajador sea dignificado por el trabajo que realiza. No podemos aspirar a la felicidad plena si olvidamos esta condición trabajadora de nuestra humanidad.

Cabe advertir que, hoy, el mundo tecnológico acelera los procesos de elaboración y provoca la reducción del interés y la atención hacia los trabajadores. La robótica ha suplantado funciones y puestos de trabajo que hasta hace poco realizaban los seres humanos. No es una situación agradable para nadie. Los puestos de trabajo van siendo sustituidos por robots. Quizá no podamos entrar ahora en este debate, que es amplísimo. Lo que sí desea la Iglesia es no olvidar nunca la dignidad de ningún trabajador, de ningún individuo, de ningún joven, de ninguna persona.

La Iglesia será feliz e invitará a la felicidad si contempla y manifiesta la importancia del trabajo para todos. Nos referimos a un trabajo transformador de la realidad, capaz de elevar la autoestima del trabajador y la comprensión de que toda tarea es y debe ser transformadora y, por tanto, signo del Reino de Dios.