Fecha: 17 de julio de 2022

Estimados y estimadas. En los últimos decenios ha aumentado considerablemente la práctica del ocultismo o la futurología, como se denomina comercialmente. Se ha ido convirtiendo en un negocio amplio y difuso, sobre todo por la progresiva integración que ha tenido en la programación cotidiana de revistas de masas, y también en televisión y en las redes sociales, convirtiéndose en un capítulo importante de la intercomunicación en secciones comerciales de oferta y demanda de estos servicios.

El fundamento lógico de estas supersticiones se basa en que las vertientes racionales de nuestras vidas muchas veces no pueden o no logran penetrar en aspectos profundos y decisorios de la vida humana y, en especial, en los sentimentales o emocionales. Por esta razón, la única forma de acceder a lo que no se comprende o no se sabe con certeza —como el propio destino— es por medio de algún sistema de creencias misteriosas, teniendo presente que quienes actúan de intermediarios sean capaces tener mucho «arte» en la interpretación.

Nos encontramos ante una degradación del espíritu humano, que se sujeta a creencias y prácticas irracionales, tontas, absurdas y, a veces, gravemente inmorales, que humillan la dignidad de la persona humana. Cierto que prácticas así nunca han faltado en la historia. Pero esto hoy es más grave, ya que durante los últimos siglos ha habido un aumento de racionalidad y progreso científico que han alcanzado unas considerables proporciones. Esta racionalidad y este progreso han demostrado la absurdidad y la vanidad de unas doctrinas y de unas prácticas que en tiempo pasado se podían justificar con pretensiones científicas y con la apariencia de una racionalidad más alta y profunda.

El fenómeno de la astrología, la magia y el ocultismo es el signo de la búsqueda de algo que existe más allá de la pura racionalidad y de la pura ciencia. Esto expresa la necesidad de salir del círculo de la inmanencia en el que la razón y la ciencia tratan de recluir a la persona humana: la necesidad, esto es, de abrirse al mundo de lo invisible y al trascendente. Pero esta necesidad, digamos «religiosa», lejos de dirigirse a Dios, se desvía hacia formas infrahumanas y seudorreligiosas, hacia la idolatría y la superstición. Es triste constatar, en este sentido, que en nuestro mundo occidental el bajón de la práctica religiosa va acompañado de un aumento impresionante de creencias y prácticas supersticiosas. Personas que se avergonzarían de creer en Dios y lo considerarían un deshonor, acaban creyendo en los horóscopos, en los magos, en los adivinos, en el mal de ojo y el mal dado, en la mala suerte que lleva el número trece, el gato negro y la boda celebrada el martes o el viernes 13. Es lo que dice san Pablo de los paganos de su tiempo: «Presumiendo de sabios, se han vuelto necios, y han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, de cuadrúpedos y de reptiles […]. Han canjeado la verdad de Dios por la mentira, venerando y adorando a las criaturas en lugar de al Creador» (Rm 1,22.25).

Vuestro,