Fecha: 19 de abril de 2026

La misión se reviste de sensaciones diversas. Calibramos el acierto o el desacierto según nuestra visión. Josep Pla —trotamundos catalán de alcance internacional y gran escritor— sostenía que los hombres son aquellos que se impresionan con facilidad. Lo cierto es que hay situaciones que se presentan como dificultosas y otras que van «como anillo al dedo». ¿Qué decimos cuando afirmamos que la misión va bien?

Hacer apreciaciones genéricas ayuda a situarnos, pero nada es fácil. Es muy tentador quedarse en la superficie de la realidad. Profundizar siempre cuesta. El mundo de las ideas es seductor, pero la vida tiene sus asperezas. Sabemos que la misión no va únicamente de ideas, sino de situaciones concretas, de personas de carne y hueso. La resurrección de Jesús, de hecho, no es una idea. Hablamos de una acción de Dios, porque concretamente es Él quien ha amado, ama y no deja nunca de amar ni a su Hijo ni a nosotros. ¿Cómo encontrar el buen encaje entre Dios y la humanidad? ¿Entre los hechos y las ideas? ¿Entre la parte y el todo? ¿Entre el conflicto y la unidad? Sea como sea, el criterio no soy yo, no somos nosotros, sino Dios. La misión es recibida. Que la misión vaya «como anillo al dedo» querrá decir que el Reino de Dios crece entre nosotros, porque aceptamos que Dios sea el centro de nuestra vida.

La misión de Jesús fue la de anunciar este Reino del Padre, que, como sabemos, tiene su desarrollo en las bienaventuranzas. En ellas encontramos el programa de acción. Será necesario vivir con paciencia, resiliencia y oración constante el cuidado de este Reino. No debemos refugiarnos en el mundo de las ideas. Necesitamos aterrizar en nuestros contextos más inmediatos, a saber: colegios, empresas, hospitales, prisiones, sindicatos, diversos colectivos culturales… La Pascua es este despliegue del criterio del Amor, y llegamos a ella por caminos diferentes y con ritmos distintos.

Debemos decirlo: no estamos solos. Jesús es quien nos anima a salir de nuestros prejuicios, con humildad y sencillez. Recuerdo cómo en alguna ocasión os he compartido —una intuición muy mía— que Dios llega a nuestra vida por los pies, es decir, cuando nos ponemos en camino, unos al lado de los otros. Jesús camina a nuestro lado y nos acompaña. Os sigo animando —con todas mis fuerzas— a poneros en camino, a acompañarnos y a dejarnos acompañar por Aquel que nos ama siempre. No os entristezcáis, no os desaniméis, no os dejéis vencer por el miedo. Vale la pena confiar.

Jesús transforma nuestra mirada, a veces adormecida por la rutina y el cansancio, por una nueva disposición a recomenzar siempre. Queridos, la misión, lo hemos dicho, es siempre desbordante, nos supera en todo momento, pero no estamos solos. Los aparentes éxitos o fracasos son impresiones que hay que enmarcar en una historia mucho más amplia. Nos referimos a nuestra propia historia de salvación.

Nos toca situar a Dios en el centro de la misión, y permitir que Jesús camine a nuestro lado, como diócesis, como parroquia, como pueblo de Dios. Dios es quien da vida a la vida. Confiemos en Él. Que los diversos órganos diocesanos sean expresiones reales de un discernimiento eclesial sincero, situando a Dios en el centro. No queremos vivir sometidos a nuestras sensaciones. Queremos vivir anclados firmemente a una palabra de esperanza que proviene de Dios mismo y que identificamos con Jesús. Si ponemos a Dios en el centro de nuestra vida, nos daremos cuenta de que efectivamente la misión va «como anillo al dedo», porque es de Dios y nosotros, sencillamente, somos sus instrumentos.