Fecha: 13 de febrero de 2022

Estimados y estimadas. Que la Iglesia Universal tiene, en permanente vigencia, la comunicación de bienes y de ideas y el apoyo mutuo, es una de las marcas propias de la actividad misionera de la Iglesia. En nuestra casa, también. A menudo se nos presenta el papel de misioneras y misioneros, personas de nuestro país, que hacen realidad esta comunicación permanente de nuestra archidiócesis con el mundo. Hoy querría destacar una que hace referencia a nuestro amado y recordado Mn. Josep Cabayol. Se trata de una iniciativa que hemos recibido desde su parroquia de Ruanda, en Kampanga, y que fue presentada por el obispo de Ruhengeri, VincentHarolimana. Se trata de abrir un Centro Misionero con el nombre de Josep Cabayol. Me decía el obispo que la comunidad parroquial de Kampanga tuvo esa idea después de la muerte de Mn. Cabayol, que la sirvió durante 14 años. La comunidad quiere, de este modo, recordar la obra misionera «de este pastor incansable», como decía el obispo Harolimana, guardando su memoria y, sobre todo, invitando a seguir el testimonio de caridad hacia el prójimo de Mn. Cabayol, con la rehabilitación de un antiguo edificio para acoger formación, catequesis y servicios de solidaridad. La actividad misionera de nuestra diócesis quedará inscrita en aquella parroquia de la misma forma que la huella de nuestra solidaridad quedará en el corazón de la gente de Kampanga.

Más allá de la peculiaridad de esta iniciativa local, en la que estudiaremos cómo podemos hacernos presentes, quiero aprovechar esta ocasión para compartir, con vosotros, la importancia de la comunicación permanente entre las iglesias locales, sobre todo en beneficio de las más necesitadas, como es el caso. Las carencias son muchas, sociales, personales y en ocasiones de subsistencia.

Precisamente hoy celebramos la campaña contra el hambre que organiza Manos Unidas. Es sin duda otra forma de mostrar esta comunicación de bienes entre personas, de las que la Iglesia es, por convicción y por decisión, el ejemplo más claro y duradero. El lema de este año es muy impactante y nos interpela directamente a cada persona creyente y no creyente: «Nuestra indiferencia los condena al olvido». Se nos recuerdan las desigualdades que desgraciadamente caracterizan al mundo y que no permiten que todos los seres humanos, hijas e hijos de Dios, vean reconocida y preservada su dignidad. Y ante las desigualdades nadie puede quedarse indiferente, hay que decidirse por una transformación global que comienza por nuestra conciencia y nuestra decisión personal, como tantas veces nos recuerda el papa Francisco.

La campaña anual de Manos Unidas debe concienciarnos de las necesidades, debe aflorar en nosotros sentimientos de solidaridad y, sobre todo, nos ha de sumar a las voces que denuncian, no sólo las situaciones concretas de hambre que hay en el mundo, sino por encima de todo, las causas de esta situación y en consecuencia aportar nuestro grano de arena a las soluciones. Quedar indiferentes, aunque nos cueste aceptarlo, es condenar a seres humanos que son iguales en dignidad a nosotros.

Vuestro.