Fecha: 17 de mayo de 2026

Estimados amigos y amigas:

«La comunicación pública requiere juicio humano, no solo patrones de datos. El futuro de la comunicación debe ser uno en el que las máquinas sirvan como herramientas que conecten y faciliten la vida humana, en lugar de erosionar la voz humana». Con estas palabras del papa León XIV, nos unimos a toda la Iglesia en la celebración de la 60.a Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año nos convoca con el tema: Preservar las voces y los rostros humanos.

Este lema es un recordatorio, un anuncio, una llamada a volver al origen de nuestra humanidad. Porque comunicar no es solamente transmitir información; es entregar algo de uno mismo para un bien mejor, ofrecer lo que tengo para que otro pueda vivir de una manera más satisfactoria. Comunicar es hacer que la Palabra nazca en ese lugar secreto donde Dios sigue susurrando palabras de vida. Por eso, en medio de una época franqueada, de principio a fin, por la inteligencia artificial, la inmediatez y la sobreabundancia de información, necesitamos detenernos y preguntarnos: ¿qué tipo de voz estamos ofreciendo? ¿Cómo resuena nuestro eco en los oídos del receptor? ¿Qué rostro esconden nuestras palabras?

El Evangelio ilumina este discernimiento con una claridad arrolladora: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). No es posible una comunicación verdadera sin un corazón anidado por un Amor que todo lo puede, que todo lo comprende, que todo lo conforta; y no hay palabra en el mundo que sea fecunda si no tiene su origen en una vida que ha sido tocada, herida, sanada, cuidada y amada. Todo pasa por ese Amor, y ninguna tecnología ni inteligencia —por muy admirables que sean— pueden sustituir esta verdad.

En esta jornada, se nos invita a cuidar al que nunca es escuchado, a proteger la palabra como quien custodia una llama, a intentar que no se sofoque ni se disuelva en el mar frío de la indiferencia, a recordar que lo que permanece no son los algoritmos, sino los rostros. Para ello, necesitamos arraigarnos en las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— como caminos concretos de espiritualidad.

Doy gracias por el don de un equipo diocesano de comunicación que trabaja con dedicación y hondura, consciente de que comunicar es amar a la manera de Jesús de Nazaret: con una mirada que se acerca, que comprende y que levanta. Que el Señor nos conceda un corazón capaz de comunicar vida en abundancia, con palabras que sean bálsamo en la herida, luz en la penumbra y abrazo en medio del cansancio; para que, allí donde lleguemos, brote una esperanza nueva y, en lo escondido de cada mensaje, se haga visible la ternura de Dios.