Fecha: 5 de julio de 2026
Estimadas familias:
Convivir es mucho más que compartir un lugar determinado, un pasaje o un deseo concretos. Convivir es hacer sitio al otro, en clave de amor y por puro ofrecimiento, en el propio corazón; es aprender a caminar de la mano, es descubrir que la vida es más bella cuando se vive en comunidad, es abrirse a la voz del Espíritu sin dejar a nadie atrás.
Del 17 al 19 de julio, con el lema Vivir, compartir y crecer, la Delegación Diocesana de Familia y Vida de nuestra diócesis tortosina vuelve a organizar las Convivencias de Familias: un recinto apacible donde cada persona es amada por quién es y no por lo que aporta, un hogar donde nadie se queda sin sitio en la mesa, un espacio entrañable donde cuidarse mutuamente.
La familia cristiana está llamada a ser reflejo de esta comunión. Dios mismo quiso revelarse así, revestido de una perfecta entrega de amor en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y porque el amor está destinado a compartirse, Dios creó al ser humano para la relación, para la unión, para el encuentro. Por eso, cuando el Verbo irrumpió en nuestra historia, escogió el calor de un hogar sin boatos, la plenitud de una mesa sencilla, el candor de un silencio, la ternura de una madre y la fidelidad silenciosa de un padre. Escogió la humildad. Escogió la pobreza. Escogió Nazaret.
Aquella familia santa nos enseñó que la grandeza no consiste en poseer mucho, sino en darse hasta el extremo. Y esto es lo que viviremos en estas convivencias, en la Casa de las Teresianas de Jesús, diseñadas para convertir el trabajo cotidiano en oración, el cansancio más severo en confianza y la entrega en profunda alegría.
Cada día, en esta diócesis, Dios me regala familias que se sostienen por la capacidad infinita de amarse con paciencia, respeto, misericordia, entrega y esperanza. No es la perfección de sus vidas lo que les hace especiales, sino la capacidad de hacerse uno, como lo es el Padre en cada uno de ellos (cf. Jn 17,21).
A veces, sólo es cuestión de mirar a Jesús. Él construyó familia desde los ojos de todos aquellos con quienes se cruzó en Galilea; llamó amigos a sus discípulos; compartió el pan con pecadores; se dejó acompañar por hombres y mujeres de toda condición; escuchó, acogió, compadeció, consoló y sanó… Allí donde Él llegaba, nacía una nueva fraternidad. Y este debe ser nuestro espíritu de cara a las convivencias que vamos a celebrar. Porque el mundo necesita familias abiertas a la gracia, capaces de reconciliarse y de defender la alegría que nace de los pequeños gestos de amor. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñe a hacer de cada hogar un precioso reflejo del Cielo: encontrándonos como desconocidos y volviendo a casa como verdaderos hermanos.


