Fecha: 8 de mayo de 2022

Estimados y estimadas. Hoy, cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la Jornada de oración por las vocaciones. ¿No es una maravilla que un chico o una chica en plena juventud un día tengan la audacia de hacer de su vida un don?

Días atrás participé en un encuentro de jóvenes en la catedral. Se les veía contentos, despiertos, audaces, con toda una vida por delante, y con un montón de deseos y proyectos. Afortunadamente, no todas las energías y proyectos de los jóvenes se las llevan los negocios de los mayores. Existe mucha generosidad en las nuevas levas de jóvenes. Lo que sucede es que la forma de vivir de los mayores los pone a prueba duramente y no siempre sus ideales resurgen.

Si vais al Santuario de la Brufaganya, poco antes de llegar, al lado izquierdo del barranco de Sant Magí, encontrareis las fuentes que, según la tradición, hizo brotar al santo. El día que pasé allí me topé con un grupo de jóvenes excursionistas. Iban cargados con sus mochilas y saciaban su sed para emprender de nuevo el camino hacia el Santuario. Algunos llenaban también sus cantimploras. Pensé en la necesidad de que muchos jóvenes se hagan portadores de otra agua, de aquella que Jesús decía a la samaritana que apaga la sed (cf. Jn 4, 13-14), jóvenes que hagan de su vida un don.

En todos estos últimos años, preguntando aquí y allá, me he encontrado con sorpresas en las catequesis, en convivencias u otras ocasiones, cuando determinados jóvenes se planteaban la posibilidad de poner su vida al servicio de la fe y de la caridad para ayudar a una sociedad que está enferma del espíritu. Pero, entonces, miran a su entorno y se preguntan: ¿quién me ayudará? ¿Con qué pisadas se encuentran para seguir adelante en el camino? ¿Con qué testigos se pueden reflejar? ¿Con qué fuentes se encuentran para saciar su sed espiritual?

Hoy la Iglesia nos recuerda la necesidad de rezar por las vocaciones plenamente consagradas, sobre todo las vocaciones sacerdotales y de la vida religiosa. La jornada está organizada tanto por la Delegación de Vocaciones, como por la Delegación de Misiones y de Cooperación entre las Iglesias, dado que el objetivo de la oración es también por las vocaciones misioneras en cualquier lugar del mundo, y por las mismas vocaciones nativas. «Deja huella, sé testimonio», reza el lema de este año. Dios llama, y la respuesta apunta.

Yo pregunto: ¿Es que falta nuestra oración, la oración generosa de los padres, de los enfermos, de los ancianos y de los mismos consagrados y consagradas, para que quienes son llamados encuentren huellas en el camino, es decir, un acompañamiento en su entorno que les dé coraje para decir «sí» a la Vida?

Debemos emprender la tarea y la oración por las vocaciones. Lo he propuesto en multitud de ocasiones y, especialmente, en la primera Carta Pastoral, El Espíritu rejuvenece a la Iglesia. Hoy, lo pido de nuevo. No sea que Dios, un día, nos haga el reproche: «Estaba todo a punto, sólo faltaba el aliento de tu oración para hacer manar la fuente».

Vuestro,